Vacaciones con menos pantallas y prisas

Hay vera­nos que se recuer­dan por una can­ción y otros por una foto­gra­fía des­en­fo­ca­da, encon­tra­da meses des­pués den­tro de un sobre. Este año, muchas per­so­nas pare­cen bus­car pre­ci­sa­men­te esa cla­se de recuer­do imper­fec­to. El lla­ma­do «ana­log sum­mer» se ha exten­di­do duran­te 2026 como una res­pues­ta ama­ble al can­san­cio de vivir pen­dien­te de avi­sos, vídeos bre­ves y con­ver­sa­cio­nes par­ti­das. No pro­po­ne arro­jar el telé­fono al mar, por­que ade­más con­ta­mi­na­ría bas­tan­te, sino dejar­lo quie­to duran­te algu­nos ratos. En redes socia­les han apa­re­ci­do bol­sas ana­ló­gi­cas con libros, revis­tas, cua­der­nos, cáma­ras com­pac­tas, car­tas, jue­gos y peque­ños tra­ba­jos manua­les. La para­do­ja resul­ta diver­ti­da: una ten­den­cia que invi­ta a des­co­nec­tar se com­par­te median­te vídeos, eti­que­tas y reco­men­da­cio­nes digi­ta­les. Sin embar­go, eso no la inva­li­da. La tec­no­lo­gía tam­bién pue­de ser­vir como puer­ta de entra­da hacia acti­vi­da­des que con­ti­núan cuan­do la pan­ta­lla se apa­ga. fun­cio­na por­que no exi­ge con­ver­tir­se en ermi­ta­ño ni com­prar una máqui­na de escri­bir res­tau­ra­da. Basta con pre­pa­rar una bol­sa peque­ña antes de salir de casa. Puede lle­var una nove­la de bol­si­llo, un cua­derno sin pro­pó­si­to defi­ni­do, un bolí­gra­fo agra­da­ble y una cáma­ra sen­ci­lla. También caben un cru­ci­gra­ma, una bara­ja, unos auri­cu­la­res con cable o cual­quier obje­to capaz de ocu­par diez minu­tos sin pedir aten­ción infi­ni­ta. La bol­sa no es un kit de pro­duc­ti­vi­dad camu­fla­do, sino una reser­va de posi­bi­li­da­des. En lugar de abrir una apli­ca­ción duran­te la espe­ra del tren, pode­mos dibu­jar una facha­da, escri­bir una fra­se escu­cha­da al pasar o mirar alre­de­dor. Habían cosas que no pedían bate­ría y seguían sien­do intere­san­tes. Recuperarlas no sig­ni­fi­ca regre­sar al pasa­do, sino devol­ver al pre­sen­te cier­ta tex­tu­ra.

No apagar el mundo, cambiar el ritmo

La satu­ra­ción digi­tal no con­sis­te úni­ca­men­te en pasar muchas horas ante una pan­ta­lla. También apa­re­ce cuan­do cada pau­sa que­da ocu­pa­da por una noti­fi­ca­ción, una noti­cia o una reco­men­da­ción cal­cu­la­da. El telé­fono eli­mi­na espe­ras, pero tam­bién pue­de borrar esos minu­tos vagos don­de una idea empie­za a for­mar­se sin que nadie la soli­ci­te. Una encues­ta de Pew Research Center mos­tró que el 38 % de los ado­les­cen­tes esta­dou­ni­den­ses con­si­de­ra­ba exce­si­vo su tiem­po con el móvil. Al mis­mo tiem­po, la mayo­ría decía sen­tir­se al menos algu­nas veces feliz o tran­qui­la cuan­do no lo tenía cer­ca. Son datos limi­ta­dos a una pobla­ción con­cre­ta, aun­que des­cri­ben una con­tra­dic­ción bas­tan­te reco­no­ci­ble: que­re­mos estar conec­ta­dos y, a la vez, des­can­sar de la cone­xión. El verano ana­ló­gi­co enca­ja ahí por­que pro­po­ne alter­nan­cia, no pure­za. ión acon­se­ja evi­tar pro­me­sas dema­sia­do rotun­das. Un meta­aná­li­sis publi­ca­do en 2025 no encon­tró mejo­ras sig­ni­fi­ca­ti­vas y gene­ra­les en bien­es­tar por aban­do­nar tem­po­ral­men­te las redes socia­les. Apagarlo todo duran­te una sema­na no garan­ti­za una reve­la­ción lumi­no­sa, espe­cial­men­te si la des­co­ne­xión se vive como cas­ti­go. Por eso resul­ta más sen­sa­to aña­dir opcio­nes físi­cas que impo­ner prohi­bi­cio­nes. Leer vein­te pági­nas, reve­lar un carre­te, coci­nar sin tuto­rial o jugar una par­ti­da pue­de cam­biar el rit­mo de una tar­de sin con­ver­tir­la en tera­pia. Además, los pasa­tiem­pos fun­cio­nan mejor cuan­do están dis­po­ni­bles y requie­ren poco esfuer­zo ini­cial. El móvil gana muchas bata­llas por­que ya está en el bol­si­llo; la bol­sa ana­ló­gi­ca inten­ta igua­lar esa ven­ta­ja. No bus­ca demos­trar supe­rio­ri­dad moral, sino faci­li­tar una elec­ción dife­ren­te antes de que el pul­gar empie­ce a des­pla­zar­se por cos­tum­bre. per­fec­tos para recuer­dos más vivos

La foto­gra­fía de pelí­cu­la ocu­pa un lugar cen­tral en este regre­so por­que intro­du­ce lími­tes muy visi­bles. Cada dis­pa­ro cues­ta, el resul­ta­do tar­da y la ima­gen pue­de salir movi­da, que­ma­da o atra­ve­sa­da por una fuga de luz. Justamente por eso obli­ga a mirar antes de foto­gra­fiar. En abril de 2026, Los Ángeles aco­gió la pri­me­ra edi­ción de AnalogCon, un encuen­tro dedi­ca­do a la foto­gra­fía quí­mi­ca y sus comu­ni­da­des. Su exis­ten­cia con­fir­ma que ya no habla­mos sola­men­te de fil­tros nos­tál­gi­cos apli­ca­dos a imá­ge­nes digi­ta­les. Hay jóve­nes bus­can­do cáma­ras usa­das, apren­dien­do pro­ce­sos de reve­la­do y reu­nién­do­se alre­de­dor de una prác­ti­ca que pare­cía des­ti­na­da a con­ser­var­se en peque­ños círcu­los. La pelí­cu­la no com­pi­te con la pre­ci­sión del móvil; ofre­ce otra rela­ción con el tiem­po y con el error. más bién expli­ca el atrac­ti­vo de los case­tes, los dis­cos, las car­tas, los álbu­mes y los jue­gos de mesa. Son obje­tos que ocu­pan espa­cio, se des­gas­tan y con­ser­van hue­llas. Un libro recuer­da la are­na de la pla­ya entre sus pági­nas; un cua­derno guar­da man­chas, entra­das y dibu­jos que nun­ca habrían mere­ci­do una publi­ca­ción. Incluso una par­ti­da deja peque­ñas his­to­rias com­par­ti­das que no nece­si­tan archi­vo. La pren­sa ha docu­men­ta­do duran­te 2026 el cre­ci­mien­to de afi­cio­nes tác­ti­les entre jóve­nes, des­de el bor­da­do y la cerá­mi­ca has­ta el mah­jong, la jar­di­ne­ría o la escri­tu­ra de car­tas. Las redes ayu­dan a des­cu­brir esas comu­ni­da­des, mien­tras la acti­vi­dad ver­da­de­ra ocu­rre lejos del scroll. Ahí está qui­zá la par­te más intere­san­te del fenó­meno: lo ana­ló­gi­co y lo digi­tal no son enemi­gos. Uno pue­de pro­por­cio­nar el mapa y el otro, final­men­te, el terri­to­rio. Esta idea resu­me bien el espí­ri­tu del verano ana­ló­gi­co.

Aprender a aburrirse otra vez

El abu­rri­mien­to tie­ne mala fama por­que sue­le con­fun­dir­se con per­der el tiem­po, aun­que muchas ideas apa­re­cen pre­ci­sa­men­te cuan­do deja­mos de lle­nar­lo todo. Durante años hemos apren­di­do a res­pon­der a cual­quier espe­ra abrien­do una apli­ca­ción, revi­san­do men­sa­jes o bus­can­do algo nue­vo que mirar. El verano ana­ló­gi­co pro­po­ne recu­pe­rar esos minu­tos sin con­ver­tir­los inme­dia­ta­men­te en entre­te­ni­mien­to. Sentarse fren­te al mar, obser­var una pla­za o espe­rar un tren pue­de pare­cer poca cosa, pero obli­ga a que la aten­ción vuel­va al entorno. Al prin­ci­pio resul­ta extra­ño, inclu­so incó­mo­do, por­que el cuer­po espe­ra su peque­ña dosis de nove­dad. Después empie­zan a apa­re­cer deta­lles: una con­ver­sa­ción cer­ca­na, una som­bra cam­bian­te, el rui­do de una bici­cle­ta o una fra­se que mere­ce ter­mi­nar en el cua­derno.

Esa pau­sa tam­bién modi­fi­ca la mane­ra de recor­dar. Cuando una tar­de no que­da divi­di­da en foto­gra­fías, noti­fi­ca­cio­nes y vídeos, la memo­ria cons­tru­ye una esce­na más amplia y menos orde­na­da. Quizá olvi­de­mos la hora exac­ta, pero recor­da­re­mos el olor del pro­tec­tor solar, una can­ción escu­cha­da des­de lejos o una par­ti­da que ter­mi­nó entre risas. Los obje­tos ana­ló­gi­cos ayu­dan por­que actúan como peque­ñas anclas mate­ria­les. Una entra­da dobla­da, una foto­gra­fía imper­fec­ta o una hoja seca guar­da­da entre pági­nas pue­den devol­ver­nos un momen­to com­ple­to años des­pués. Ninguno nece­si­ta una con­tra­se­ña ni una actua­li­za­ción. El verano ana­ló­gi­co no pro­me­te una vida mejor, pero sí una expe­rien­cia algo más len­ta, y eso a veces es jus­to lo que nece­si­tá­ba­mos sin saber­lo.