El trivial de carretera

En algu­nos tra­mos de Australia, como la famo­sa “90 Mile Straight”, el pai­sa­je es tan monó­tono que pue­des con­du­cir casi dos horas sin girar el volan­te y sin ape­nas estí­mu­los visua­les. Esa repe­ti­ción cons­tan­te hace que el cere­bro entre en una espe­cie de hip­no­sis de carre­te­ra, don­de sigues con­du­cien­do, pero tu aten­ción y tu tiem­po de reac­ción caen en pica­do. Los estu­dios y las auto­ri­da­des aus­tra­lia­nas advier­ten que, en estas con­di­cio­nes, la fati­ga es entre cua­tro y cin­co veces más pro­ba­ble como cau­sa de acci­den­te que el alcohol o las dro­gas, y está detrás de entre el 20 y el 30% de las muer­tes en carre­te­ra en luga­res como Queensland. No habla­mos solo de cabe­cear de sue­ño, sino de ese momen­to en el que ace­le­ras sin dar­te cuen­ta, reac­cio­nas tar­de ante un ade­lan­ta­mien­to o sim­ple­men­te dejas de “ver” lo que pasa delan­te de ti.

En un país enor­me, con rec­tas de cien­tos de kiló­me­tros, el abu­rri­mien­to no es un deta­lle anec­dó­ti­co, es un fac­tor de ries­go medi­ble y muy serio. La som­no­len­cia al volan­te y la pér­di­da de aten­ción dupli­can el ries­go de morir en un acci­den­te, por eso las cam­pa­ñas de segu­ri­dad insis­ten tan­to en des­can­sar, parar cada cier­to tiem­po y pla­ni­fi­car el via­je sin pri­sas. Sin embar­go, en esos tra­mos en los que “no hay una tris­te gaso­li­ne­ra ni un pos­te de la luz”, como des­cri­bía una via­je­ra, las medi­das clá­si­cas se que­dan un poco cor­tas y hacía fal­ta algo que actua­ra direc­ta­men­te sobre la men­te del con­duc­tor. Y ahí es don­de entra en jue­go una solu­ción que pare­ce una bro­ma… has­ta que ves que está pen­sa­da con bas­tan­te mala leche cien­tí­fi­ca.

Cómo funciona el Trivial en la carretera

En las zonas cata­lo­ga­das como “zonas de fati­ga”, el via­je cam­bia de tono con un sim­ple car­tel ama­ri­llo que te avi­sa lite­ral­men­te: “Zona de fati­ga. Los jue­gos de tri­via te ayu­dan a man­te­ner­te aler­ta”. A par­tir de ese pun­to empie­zas a encon­trar­te seña­les que no te dicen la velo­ci­dad máxi­ma ni la pró­xi­ma sali­da, sino pre­gun­tas de cul­tu­ra gene­ral: des­de quién fue el pri­mer minis­tro de Queensland has­ta cuál es el ser vivo más gran­de del pla­ne­ta. Unos kiló­me­tros más ade­lan­te, otra señal reve­la la res­pues­ta, de modo que tu cere­bro se ve obli­ga­do a man­te­ner­se des­pier­to, sos­te­ner la curio­si­dad y seguir el hilo del “jue­go” mien­tras avan­zas.

La mecá­ni­ca es deli­be­ra­da­men­te sen­ci­lla: lees la pre­gun­ta, la comen­tas con quien va con­ti­go, inten­tas adi­vi­nar­la y espe­ras a com­pro­bar si has acer­ta­do en la siguien­te señal. Esa míni­ma inver­sión de aten­ción rom­pe el bucle hip­nó­ti­co de la rec­ta, intro­du­ce un micro reto y obli­ga a acti­var memo­ria, len­gua­je y lógi­ca, jus­to lo con­tra­rio de ir des­co­nec­ta­do miran­do el hori­zon­te sin pen­sar en nada. Además, las pre­gun­tas se renue­van perió­di­ca­men­te para que los con­duc­to­res habi­tua­les no se las apren­dan de memo­ria y el estí­mu­lo siga sien­do fres­co, no una can­ti­ne­la que ya no exi­ge esfuer­zo men­tal. No es entre­te­ni­mien­to por entre­te­ni­mien­to: es una inter­ven­ción sen­ci­lla, bara­ta y pla­ni­fi­ca­da sobre el esta­do men­tal del con­duc­tor para man­te­ner­lo en modo aler­ta el mayor tiem­po posi­ble.

¿Por qué un juego puede salvarte la vida?

La cla­ve del inven­to está en cómo fun­cio­na la aten­ción huma­na: nues­tro cere­bro se adap­ta ense­gui­da a los entor­nos repe­ti­ti­vos y, cuan­do nada cam­bia, pasa a aho­rrar recur­sos, como si pusie­ra la men­te en segun­do plano. En carre­te­ra, ese modo aho­rro sig­ni­fi­ca tar­dar más en reac­cio­nar a un fre­na­zo, a un ani­mal cru­zan­do o a un des­pis­te del vehícu­lo de delan­te, algo espe­cial­men­te peli­gro­so en un país don­de los tra­yec­tos lar­gos son habi­tua­les. Un jue­go de pre­gun­tas intro­du­ce un leve nivel de desa­fío cog­ni­ti­vo, sufi­cien­te para encen­der las neu­ro­nas sin lle­gar a dis­traer tan­to como una pan­ta­lla o una con­ver­sa­ción por el móvil, que sí resul­tan peli­gro­sos. El con­duc­tor sigue tenien­do la vis­ta en la cal­za­da, pero ya no va “vacío”: está tra­tan­do de recor­dar datos, hacer cone­xio­nes, inclu­so com­pe­tir amis­to­sa­men­te con sus acom­pa­ñan­tes.

Las auto­ri­da­des aus­tra­lia­nas lle­van años pro­ban­do este tipo de seña­les en tra­mos con­cre­tos de Queensland y otras rutas lar­gas, y aun­que toda­vía no hay estu­dios defi­ni­ti­vos publi­ca­dos sobre su impac­to esta­dís­ti­co, la ini­cia­ti­va ha lla­ma­do la aten­ción inter­na­cio­nal por su ori­gi­na­li­dad y su enfo­que psi­co­ló­gi­co. La idea enca­ja con otras reco­men­da­cio­nes clá­si­cas de segu­ri­dad vial, como des­can­sar bien la noche ante­rior, dete­ner­se cada 200 kiló­me­tros y no for­zar cuan­do apa­re­ce la som­no­len­cia, pero aña­de una pie­za lúdi­ca que, en un entorno tan ári­do, mar­ca la dife­ren­cia. En un mun­do obse­sio­na­do con solu­cio­nes tec­no­ló­gi­cas, resul­ta iró­ni­co que una de las pro­pues­tas más comen­ta­das con­sis­ta en algo tan ana­ló­gi­co como una pre­gun­ta escri­ta en letras gran­des al lado del asfal­to. Y qui­zá sea pre­ci­sa­men­te esa mez­cla de sen­ci­llez y efec­to inme­dia­to lo que la hace tan atrac­ti­va tan­to para las auto­ri­da­des como para los pro­pios con­duc­to­res aus­tra­lia­nos.

¿Se podría aplicar en otros países?

Aunque la idea nació para las rec­tas aus­tra­lia­nas, otros luga­res con auto­pis­tas muy lar­gas y poco pai­sa­je podrían adop­tar algo pare­ci­do con rela­ti­va faci­li­dad. No requie­re tec­no­lo­gía sofis­ti­ca­da ni gran­des inver­sio­nes, solo iden­ti­fi­car los tra­mos don­de la fati­ga es un pro­ble­ma y dise­ñar una bate­ría de pre­gun­tas adap­ta­das a la cul­tu­ra local. Podrían ser cues­tio­nes his­tó­ri­cas, cien­tí­fi­cas, depor­ti­vas o rela­cio­na­das con el entorno que se atra­vie­sa, des­de la fau­na de la zona has­ta algún dato curio­so sobre pue­blos cer­ca­nos. Incluso se podría impli­car a escue­las, aso­cia­cio­nes o empre­sas loca­les para crear ban­cos de pre­gun­tas, de for­ma que la gen­te sien­ta ese jue­go en carre­te­ra como algo pro­pio y cer­cano, no como una cam­pa­ña dis­tan­te.

Eso sí, las auto­ri­da­des y exper­tos recuer­dan que nin­gún jue­go sus­ti­tu­ye a lo bási­co: parar cuan­do apa­re­ce el sue­ño, hidra­tar­se, evi­tar comi­das copio­sas y no pla­ni­fi­car via­jes de muchas horas sin des­can­sos reales. El Trivial en carre­te­ra es un refuer­zo, no una excu­sa para hacer bar­ba­ri­da­des al volan­te ni para con­du­cir de noche sin des­can­so pen­san­do que una pre­gun­ta cada pocos kiló­me­tros nos va a man­te­ner fres­cos como una lechu­ga. En los últi­mos años han sur­gi­do tam­bién ini­cia­ti­vas digi­ta­les, des­de apps de pre­gun­tas has­ta sis­te­mas inte­gra­dos en el vehícu­lo, pero el mode­lo aus­tra­liano tie­ne la ven­ta­ja de que fun­cio­na igual para todo el mun­do, sin nece­si­dad de dis­po­si­ti­vos ni ins­ta­la­cio­nes. En cier­to modo, con­vier­te la ruta más abu­rri­da en una espe­cie de con­cur­so de cul­tu­ra gene­ral al aire libre, don­de el pre­mio no es un tro­feo, sino lle­gar des­pier­to y ente­ro al des­tino.