El sueño pop de Pininfarina sobre base Peugeot 104

En 1976 Pininfarina cele­bra­ba 25 años de cola­bo­ra­ción con Peugeot y deci­dió hacer­lo a su mane­ra: con un peque­ño roads­ter que rom­pía todos los esque­mas del serio 104 de calle. El 104 Peugette toma­ba la pla­ta­for­ma y la mecá­ni­ca del 104 ZS, el urbano depor­ti­vo de la gama, y los ita­lia­nos se per­mi­tie­ron jugar con ella como si fue­ra plas­ti­li­na, recor­tan­do el techo, lim­pian­do las líneas y dejan­do el coche en lo esen­cial. El resul­ta­do recor­da­ba a los bug­gies de pla­ya de los seten­ta, pero con un pun­to muy euro­peo: com­pac­to, pro­por­cio­na­do y con deta­lles de dise­ño más cer­ca­nos a un con­cept de salón que a un jugue­te pla­ye­ro impro­vi­sa­do.

Pininfarina no bus­ca­ba solo un esca­pa­ra­te de esti­lo, sino un pro­duc­to rea­lis­ta que Peugeot pudie­ra fabri­car en peque­ñas series en sus pro­pias ins­ta­la­cio­nes de Turín, tal como ya hacía con los 504 Coupé y Cabriolet. La idea era cla­ra: ofre­cer un des­ca­po­ta­ble diver­ti­do por un pre­cio inclu­so infe­rior al del 104 bási­co, recor­tan­do cos­tes en la carro­ce­ría y en el inte­rior sin renun­ciar al encan­to de un depor­ti­vo acce­si­ble. Todo ello con­ver­tía al Peugette en una espe­cie de “pri­mer coche ideal” para jóve­nes que que­rían algo dis­tin­to a lo que se veía apar­ca­do en el barrio, pero sin arrui­nar­se en el inten­to.

Simetría radical: cuando la carrocería se copia a sí misma

Si hay un con­cep­to que defi­ne al 104 Peugette es la sime­tría: Pininfarina lle­vó has­ta el extre­mo la idea de pane­les inter­cam­bia­bles para que pro­du­cir este coche fue­se casi un ejer­ci­cio de ori­ga­mi indus­trial. Los pane­les late­ra­les se dise­ña­ron idén­ti­cos izquier­da y dere­cha, el capó delan­te­ro y la tapa pos­te­rior com­par­tían el mis­mo estam­pa­do y bue­na par­te de la carro­ce­ría se pen­só como pie­zas “espe­jo” que podían mon­tar­se indis­tin­ta­men­te delan­te o detrás. Esa solu­ción, que hoy nos sue­na futu­ris­ta, tenía un obje­ti­vo mucho menos gla­mu­ro­so: redu­cir refe­ren­cias de pie­zas, sim­pli­fi­car logís­ti­ca y bajar drás­ti­ca­men­te el cos­te de fabri­ca­ción.

Incluso el inte­rior seguía esa filo­so­fía mini­ma­lis­ta y fun­cio­nal, con un sal­pi­ca­de­ro muy lim­pio, sin flo­ri­tu­ras, y sin asien­tos tra­se­ros para aho­rrar peso, espa­cio y dine­ro. El Peugette se pre­sen­tó en dos varian­tes: un peque­ño roads­ter bipla­za y una ver­sión aún más radi­cal tipo bar­chet­ta, pen­sa­da solo para el con­duc­tor, casi como un kart matri­cu­la­ble para hacer reca­dos a rit­mo de son­ri­sa. Bajo el capó (delan­te, por supues­to) se man­te­nía el cua­tro cilin­dros de 1,1 litros del 104, con unos 66 CV en la ver­sión ZS, sufi­cien­te para mover con ale­gría una carro­ce­ría mucho más lige­ra y abier­ta.

Un deportivo barato que llegó demasiado pronto

El públi­co reci­bió con bas­tan­te entu­sias­mo el expe­ri­men­to de Pininfarina cuan­do se mos­tró en los salo­nes euro­peos de media­dos de los seten­ta, pre­ci­sa­men­te por­que sona­ba a pro­me­sa cum­pli­ble: peque­ño, sen­ci­llo, diver­ti­do y, sobre el papel, más bara­to que el 104 están­dar. Renzo Carli, res­pon­sa­ble de pro­duc­ción en Pininfarina, lle­gó a expli­car que el pre­cio pre­vis­to sería entre 4.000 y 5.000 fran­cos menos que el 104 nor­mal, que ron­da­ba los 14.000 fran­cos de la épo­ca, un recor­te nota­ble en un coche que pre­su­mía de aire libre y esté­ti­ca aspi­ra­cio­nal. Sobre la carre­te­ra habría sido un coche modes­to en pres­ta­cio­nes abso­lu­tas, pero muy vivo por peso con­te­ni­do y dimen­sio­nes com­pac­tas, con ese pun­to infor­mal que hoy aso­cia­mos a los roads­ters noven­te­ros.

Sin embar­go, el con­tex­to cor­po­ra­ti­vo jugó en con­tra del Peugette: Peugeot aca­ba­ba de absor­ber Citroën, el gru­po esta­ba reor­ga­ni­zan­do gamas, inver­sio­nes y prio­ri­da­des y un jugue­te des­ca­po­ta­ble de baja pro­duc­ción dejó de ser urgen­te en las hojas de cálcu­lo. La pre­vi­sión de volú­me­nes redu­ci­dos, uni­da al esfuer­zo indus­trial adi­cio­nal que impli­ca­ba lan­zar una carro­ce­ría tan pecu­liar, ter­mi­na­ron por man­dar el pro­yec­to al cajón de los “y si…”. Lo curio­so es que, vis­to con dis­tan­cia, el Peugette enca­ja­ría muy bien en la moda actual de coches diver­ti­dos de serie limi­ta­da y, en cier­to modo, anti­ci­pa esa idea de depor­ti­vo lige­ro y casi lúdi­co que déca­das des­pués reto­ma­ron otras mar­cas.

De concept olvidado a icono de diseño simétrico

Con el tiem­po, la 104 Peugette se ha con­ver­ti­do en una rare­za muy bus­ca­da por afi­cio­na­dos al dise­ño, más que por colec­cio­nis­tas de Peugeot al uso, por­que con­den­sa algu­nas de las obse­sio­nes de Pininfarina en una esca­la ines­pe­ra­da­men­te peque­ña. La for­ma en que las super­fi­cies pla­nas del fron­tal y la zaga dia­lo­gan entre sí, la lim­pie­za de las líneas late­ra­les y la mane­ra en que el para­bri­sas “cor­ta” el volu­men recuer­dan a otros ejer­ci­cios de esti­lo ita­lia­nos, pero aquí apli­ca­dos a un coche de base humil­de. Medios espe­cia­li­za­dos actua­les lle­gan a vin­cu­lar esa sen­ci­llez casi escul­tó­ri­ca con cier­tos bar­chet­tas moder­nos e inclu­so con series limi­ta­das como las Ferrari Monza SP1 y SP2, que de algu­na for­ma com­par­ten la idea de coche extre­ma­da­men­te puro y cen­tra­do en la expe­rien­cia de con­duc­ción sin fil­tros.

Además, el Peugette ayu­da a enten­der mejor la rela­ción his­tó­ri­ca entre Peugeot y Pininfarina, que no fue solo cues­tión de gran­des coupés sino tam­bién de uti­li­ta­rios y pro­pues­tas arries­ga­das que no siem­pre lle­ga­ron a ven­der­se, pero que mar­ca­ron el len­gua­je del fabri­can­te fran­cés. Hoy, cada vez que se recu­pe­ran fotos o vídeos del con­cept en archi­vos y cana­les espe­cia­li­za­dos, se per­ci­be cier­ta sen­sa­ción de opor­tu­ni­dad per­di­da, como si el mer­ca­do hubie­ra esta­do más pre­pa­ra­do de lo que enton­ces se pen­sa­ba para una peque­ña “bar­chet­ta popu­lar”. Y, sin embar­go, qui­zá par­te de su encan­to resi­de pre­ci­sa­men­te en eso: en seguir sien­do un secre­to com­par­ti­do entre quie­nes dis­fru­tan des­cu­brien­do los pro­to­ti­pos que nun­ca lle­ga­ron al con­ce­sio­na­rio.