Un baño que tardó un siglo

Durante bue­na par­te del verano pari­sino, bajar al Sena sig­ni­fi­ca­ba mirar el agua des­de un puen­te, una terra­za o una foto­gra­fía anti­gua. Desde 1923, la nave­ga­ción inten­sa y la con­ta­mi­na­ción habían con­ver­ti­do el baño direc­to en una prác­ti­ca prohi­bi­da, aun­que nun­ca des­apa­re­ció del ima­gi­na­rio urbano. La esce­na cam­bió en 2025, cuan­do tres espa­cios vigi­la­dos abrie­ron al públi­co des­pués de las com­pe­ti­cio­nes olím­pi­cas cele­bra­das un año antes. En 2026, París repi­te la expe­rien­cia entre el 4 de julio y el 30 de agos­to en Bras-Marie, Grenelle y Bercy, con acce­so gra­tui­to. No se tra­ta de libe­rar todo el río, sino de habi­li­tar frag­men­tos con­cre­tos don­de corrien­te, nave­ga­ción y cali­dad micro­bio­ló­gi­ca pue­dan con­tro­lar­se. El ges­to pare­ce sen­ci­llo: poner­se el baña­dor, bajar unas esca­le­ras y entrar. Sin embar­go, detrás de ese cha­pu­zón hay más de un siglo de dis­tan­cia entre la ciu­dad y su río.

La recu­pe­ra­ción tam­bién cam­bia la for­ma de enten­der el espa­cio públi­co. Bras-Marie acer­ca el baño al cen­tro his­tó­ri­co; Grenelle lo sitúa fren­te a la isla de los Cisnes; Bercy lo enca­ja bajo la pasa­re­la Simone-de-Beauvoir. Los tres luga­res inclu­yen vigi­lan­cia, pues­tos de soco­rro, duchas, boyas y lími­tes de afo­ro, mien­tras Grenelle y Bras-Marie incor­po­ran sis­te­mas de acce­so al agua para per­so­nas con movi­li­dad redu­ci­da. La nave­ga­ción se inte­rrum­pe duran­te la aper­tu­ra en los dos pri­me­ros, mien­tras Bercy uti­li­za pro­tec­cio­nes late­ra­les para con­vi­vir con los bar­cos. Esa com­bi­na­ción reve­la la ver­da­de­ra nove­dad: el Sena deja de ser sola­men­te pai­sa­je, corre­dor turís­ti­co o vía de trans­por­te. Durante unas horas se con­vier­te en una pla­za acuá­ti­ca, com­par­ti­da y tem­po­ral. París no ha domes­ti­ca­do com­ple­ta­men­te el río, ni debe­ría pre­ten­der­lo; ha apren­di­do a nego­ciar con él median­te reglas visi­bles, per­so­nal y una infra­es­truc­tu­ra que casi nun­ca apa­re­ce en las foto­gra­fías.

La ciudad escondida bajo el agua

La par­te deci­si­va de esta his­to­ria está ente­rra­da. El gran pro­ta­go­nis­ta téc­ni­co es el depó­si­to de Austerlitz, un cilin­dro de cin­cuen­ta metros de diá­me­tro capaz de alma­ce­nar 50.000 metros cúbi­cos de agua de llu­via y aguas resi­dua­les. Cuando una tor­men­ta satu­ra el vie­jo alcan­ta­ri­lla­do pari­sino, el depó­si­to retie­ne par­te del exce­den­te para evi­tar que ter­mi­ne inme­dia­ta­men­te en el Sena. Después, cuan­do la red recu­pe­ra capa­ci­dad, el con­te­ni­do vuel­ve al sis­te­ma y pue­de ser tra­ta­do. No tra­ba­ja solo: for­ma par­te de un plan metro­po­li­tano que ha moder­ni­za­do depu­ra­do­ras, crea­do colec­to­res, corre­gi­do cone­xio­nes defec­tuo­sas y conec­ta­do embar­ca­cio­nes y esta­ble­ci­mien­tos flo­tan­tes al sanea­mien­to. Desde 2016, las actua­cio­nes han movi­li­za­do alre­de­dor de 1.300 millo­nes de euros. La cifra impre­sio­na, pero expli­ca por qué el baño no pue­de redu­cir­se a una ocu­rren­cia olím­pi­ca. El acon­te­ci­mien­to depor­ti­vo ace­le­ró obras pen­dien­tes, aun­que su valor dura­de­ro está en mejo­rar un sis­te­ma uti­li­za­do dia­ria­men­te por millo­nes de per­so­nas.

También se ha cam­bia­do la mane­ra de obser­var el agua. Cada jor­na­da se toman mues­tras en los tres espa­cios y en la entra­da de París para medir Escherichia coli y ente­ro­co­cos, dos indi­ca­do­res aso­cia­dos a con­ta­mi­na­ción fecal. Los aná­li­sis de labo­ra­to­rio se com­ple­men­tan con pre­vi­sio­nes meteo­ro­ló­gi­cas, datos de cau­dal, ins­pec­cio­nes y sen­so­res auto­má­ti­cos capa­ces de lan­zar aler­tas rápi­das. Esa red per­mi­te deci­dir si apa­re­ce una ban­de­ra ver­de o roja antes de abrir. La recu­pe­ra­ción no con­sis­te solo en lim­piar el agua, sino en que los sis­te­mas fun­cio­nen inclu­so cuan­do llue­ve fuer­te, algo que toda­vía cues­ta de con­se­guir. El Sena demues­tra así que una infra­es­truc­tu­ra urba­na no ter­mi­na cuan­do se inau­gu­ra. Necesita man­te­ni­mien­to, datos, per­so­nal y deci­sio­nes pru­den­tes, inclu­so cuan­do esas deci­sio­nes decep­cio­nan a quie­nes lle­gan con la toa­lla pre­pa­ra­da. El baño visi­ble depen­de de una ciu­dad invi­si­ble que alma­ce­na, bom­bea, ana­li­za y corri­ge con­ti­nua­men­te.

Un río que todavía decide

La tem­po­ra­da inau­gu­ral de 2025 dejó una lec­ción con­tra el triun­fa­lis­mo. Los tres espa­cios pari­si­nos abrie­ron apro­xi­ma­da­men­te dos ter­cios de los días esti­va­les y reci­bie­ron cer­ca de 100.000 bañis­tas, pero las llu­vias obli­ga­ron a cerrar cuan­do aumen­ta­ba el ries­go micro­bio­ló­gi­co. Además, la eva­lua­ción anual cla­si­fi­có la cali­dad de esos pun­tos como insu­fi­cien­te, por­que el méto­do euro­peo incor­po­ra mues­tras toma­das duran­te toda la tem­po­ra­da, inclui­dos los días llu­vio­sos con el baño cerra­do. Las auto­ri­da­des sub­ra­ya­ron que, duran­te las jor­na­das abier­tas, los con­tro­les indi­ca­ron con­di­cio­nes sufi­cien­tes y no se comu­ni­ca­ron aler­tas sani­ta­rias a la agen­cia regio­nal. Ambas afir­ma­cio­nes pue­den ser cier­tas al mis­mo tiem­po. El sis­te­ma fun­cio­na selec­cio­nan­do ven­ta­nas segu­ras, no con­vir­tien­do el río en una pis­ci­na esta­ble. Esa dife­ren­cia resul­ta esen­cial para com­pren­der el pro­yec­to sin pro­pa­gan­da. París ha recu­pe­ra­do un uso urbano, pero toda­vía no ha eli­mi­na­do la vul­ne­ra­bi­li­dad del Sena fren­te a tor­men­tas, des­bor­da­mien­tos y erro­res de sanea­mien­to.

Las crí­ti­cas tam­bién recuer­dan que medir dos bac­te­rias no res­pon­de todas las pre­gun­tas ambien­ta­les. Pesticidas, resi­duos far­ma­céu­ti­cos, meta­les o con­ta­mi­nan­tes per­sis­ten­tes requie­ren otros segui­mien­tos y pre­sen­tan ries­gos dis­tin­tos, menos visi­bles para el bañis­ta. Tampoco con­vie­ne olvi­dar la segu­ri­dad físi­ca: fue­ra de los recin­tos auto­ri­za­dos exis­ten corrien­tes, fon­dos fan­go­sos, trá­fi­co flu­vial y zonas difí­ci­les de aban­do­nar. Por eso, la reaper­tu­ra no legi­ti­ma el baño impro­vi­sa­do entre puen­tes, sino todo lo con­tra­rio. Su mayor valor qui­zá sea demos­trar que el acce­so al agua exi­ge inver­sión públi­ca, trans­pa­ren­cia y capa­ci­dad para cerrar cuan­do las con­di­cio­nes empeo­ran. Un día de ban­de­ra roja no repre­sen­ta nece­sa­ria­men­te un fra­ca­so; pue­de demos­trar que el sis­te­ma de pre­ven­ción está hacien­do su tra­ba­jo. La cues­tión deci­si­va será man­te­ner las obras, publi­car datos com­pren­si­bles y ampliar la mejo­ra ambien­tal más allá de unas sema­nas vera­nie­gas. El Sena ha vuel­to a la vida coti­dia­na, pero sigue recor­dan­do quién pone las con­di­cio­nes.