La fotografía también necesita cosas raras

La 57.ª edi­ción de Les Rencontres d’Arles se cele­bra del 6 de julio al 4 de octu­bre de 2026. Entre sus dece­nas de expo­si­cio­nes apa­re­cen gran­des auto­res, archi­vos his­tó­ri­cos, foto­gra­fía docu­men­tal y nue­vos tra­ba­jos expe­ri­men­ta­les. Pero algu­nas de las pro­pues­tas más memo­ra­bles tie­nen pro­ta­go­nis­tas bas­tan­te menos solem­nes: pla­ti­llos volan­tes, gatos, cuer­vos, imá­ge­nes anó­ni­mas y foto­gra­fías que pare­cen pedir­nos que dude­mos de ellas. El pro­pio pro­gra­ma agru­pa par­te de estas pro­pues­tas bajo ideas como «for­mas de vida» y «archi­vo incier­to».

Eso con­vier­te Arlés en un buen lugar para recor­dar algo que a veces olvi­da­mos cuan­do habla­mos de foto­gra­fía: una ima­gen no nece­si­ta ser per­fec­ta, impor­tan­te ni siquie­ra com­ple­ta­men­te fia­ble para resul­tar fas­ci­nan­te. Algunas foto­gra­fías sobre­vi­ven pre­ci­sa­men­te por­que son raras. Nos obli­gan a mirar dos veces, a pre­gun­tar­nos quién las hizo y, sobre todo, por qué alguien qui­so creer en ellas.

Un platillo borroso puede contar mucho

«We Are Not Alone: Alien Images», comi­sa­ria­da por el his­to­ria­dor Philippe Baudouin, reúne foto­gra­fías, archi­vos y tra­ba­jos artís­ti­cos rela­cio­na­dos con ovnis, supues­tos encuen­tros extra­te­rres­tres y otros fenó­me­nos difí­ci­les de cla­si­fi­car. Baudouin obtu­vo en 2025 la beca de inves­ti­ga­ción cura­to­rial de Les Rencontres y cons­tru­yó la expo­si­ción des­de una posi­ción deli­be­ra­da­men­te incó­mo­da: ni demos­trar que los ovnis exis­ten ni mon­tar una gale­ría de frau­des ridícu­los. Le intere­sa la ima­gen.

La mues­tra enfren­ta docu­men­tos de archi­vo con obras crea­das des­de la fic­ción y el arte. Entre sus imá­ge­nes apa­re­cen dis­cos sus­pen­di­dos sobre pai­sa­jes, obje­tos bri­llan­tes en cie­los vacíos y foto­gra­fías cuya pobre­za téc­ni­ca for­ma par­te de su encan­to. Hay mate­rial pro­ce­den­te de archi­vos públi­cos, colec­cio­nes pri­va­das y aso­cia­cio­nes ufo­ló­gi­cas. Algunas pie­zas son enga­ños cono­ci­dos; otras siguen rodea­das de expli­ca­cio­nes, aná­li­sis y ver­sio­nes con­tra­dic­to­rias.

Uno de los per­so­na­jes inevi­ta­bles es Eduard Albert «Billy» Meier. En 1975 foto­gra­fió en Suiza lo que des­cri­bía como naves extra­te­rres­tres. Una de aque­llas imá­ge­nes ter­mi­nó con­ver­ti­da, años des­pués, en la base del famo­so car­tel «I Want to Believe» de «The X‑Files». La foto­gra­fía sal­tó así de un archi­vo ufo­ló­gi­co a la cul­tu­ra popu­lar y aca­bó for­man­do par­te de la deco­ra­ción men­tal de millo­nes de espec­ta­do­res.

Ese reco­rri­do es qui­zá más intere­san­te que resol­ver qué había real­men­te delan­te de la cáma­ra. La foto­gra­fía de ovnis fun­cio­na por­que apro­ve­cha una vie­ja pro­me­sa del medio: si algo está foto­gra­fia­do, pare­ce haber esta­do allí. El pro­ble­ma comien­za cuan­do la ima­gen es dema­sia­do borro­sa para demos­trar nada, pero sufi­cien­te­men­te suge­ren­te para ali­men­tar una his­to­ria.

Dos siglos mirando animales

A pocos pasos con­cep­tua­les de los extra­te­rres­tres apa­re­ce otro archi­vo enor­me: el de nues­tras foto­gra­fías de ani­ma­les. «Animal Model: 200 Years of Photography», comi­sa­ria­da por Nathalie Herschdorfer y copro­du­ci­da por Photo Elysée y Les Rencontres d’Arles, reúne imá­ge­nes des­de el siglo XIX has­ta la actua­li­dad. Hay auto­res reco­no­ci­dos, foto­gra­fías anó­ni­mas y for­mas de repre­sen­ta­ción que van de la obser­va­ción cien­tí­fi­ca a la ima­gen domés­ti­ca.

La expo­si­ción evi­ta tra­tar a los ani­ma­les como un úni­co géne­ro foto­grá­fi­co. Aparecen como com­pa­ñe­ros, obje­tos de estu­dio, sím­bo­los, espec­tácu­lo, víc­ti­mas de explo­ta­ción o cria­tu­ras capa­ces de pro­ta­go­ni­zar una ima­gen viral. La selec­ción mez­cla rayos X, foto­pe­rio­dis­mo, retra­tos, foto­gra­fías fami­lia­res e imá­ge­nes gene­ra­das median­te inte­li­gen­cia arti­fi­cial. En ese reco­rri­do pue­den con­vi­vir Masahisa Fukase, Rinko Kawauchi, Andreas Gursky o Hiroshi Sugimoto con foto­gra­fías sin autor cono­ci­do y vídeos naci­dos para cir­cu­lar por inter­net.

La com­bi­na­ción resul­ta útil por­que des­mon­ta otra jerar­quía bas­tan­te cómo­da. Una foto­gra­fía no se vuel­ve intere­san­te úni­ca­men­te por­que ten­ga detrás un nom­bre famo­so. Un gato foto­gra­fia­do por alguien des­co­no­ci­do pue­de expli­car tan­to sobre nues­tra rela­ción con los ani­ma­les como una obra des­ti­na­da a un museo. Cambia la inten­ción, cam­bia el con­tex­to y cam­bia la for­ma de mirar, pero las dos imá­ge­nes par­ti­ci­pan de la mis­ma cul­tu­ra visual.

También hay algo espe­cial­men­te foto­grá­fi­co en obser­var ani­ma­les. No posan según nues­tras reglas, aun­que lle­ve­mos casi dos siglos inten­tan­do con­ver­tir­los en per­so­na­jes, espe­cí­me­nes, mas­co­tas o metá­fo­ras. Cuando una expo­si­ción colo­ca todas esas mira­das jun­tas, se ve con cla­ri­dad que la cáma­ra no solo regis­tra ani­ma­les: tam­bién regis­tra nues­tras ideas sobre ellos. Photo Elysée resu­me el plan­tea­mien­to como una refle­xión sobre cómo las imá­ge­nes influ­yen en la for­ma en que los que­re­mos, uti­li­za­mos o inten­ta­mos pro­te­ger­los.

La fotografía dudosa no nació con internet

Los ovnis de Arlés pare­cen espe­cial­men­te actua­les en una épo­ca de imá­ge­nes sin­té­ti­cas y dudas cons­tan­tes sobre lo que vemos en una pan­ta­lla, pero el pro­ble­ma es mucho más anti­guo. En la déca­da de 1860, William H. Mumler ya comer­cia­li­za­ba en Boston retra­tos en los que apa­re­cían supues­tos espí­ri­tus jun­to a sus clien­tes. La lla­ma­da foto­gra­fía espi­ri­tis­ta explo­tó muy pron­to la capa­ci­dad de la cáma­ra para con­ver­tir un tru­co visual en una apa­ren­te prue­ba.

Décadas des­pués lle­ga­ron las hadas de Cottingley. En 1917, Elsie Wright y Frances Griffiths rea­li­za­ron foto­gra­fías en las que pare­cían posar jun­to a peque­ñas cria­tu­ras ala­das. Las imá­ge­nes fue­ron dis­cu­ti­das duran­te años y lle­ga­ron a con­tar con defen­so­res tan cono­ci­dos como Arthur Conan Doyle. En 1983, Elsie expli­có que las hadas eran dibu­jos recor­ta­dos suje­tos con alfi­le­res.

Lo intere­san­te de estos casos no es reír­se de quie­nes cre­ye­ron. Es obser­var la enor­me auto­ri­dad que con­ce­de­mos a deter­mi­na­das imá­ge­nes cuan­do enca­jan con algo que desea­mos encon­trar. La cáma­ra posee una apa­rien­cia mecá­ni­ca, casi imper­so­nal, y duran­te bue­na par­te de su his­to­ria esa cua­li­dad ayu­dó a pre­sen­tar la foto­gra­fía como tes­ti­go. Sin embar­go, un nega­ti­vo autén­ti­co pue­de mos­trar una esce­na pre­pa­ra­da, un obje­to mal iden­ti­fi­ca­do o una fic­ción per­fec­ta­men­te cons­trui­da.

Por eso los vie­jos ovnis borro­sos resul­tan tan opor­tu­nos en 2026. No son una ver­sión pri­mi­ti­va de los pro­ble­mas actua­les, sino un recor­da­to­rio de que la rela­ción entre foto­gra­fía y ver­dad siem­pre ha nece­si­ta­do con­tex­to.

Hay fotografías buenas que están técnicamente mal

Una par­te de la his­to­ria ofi­cial de la foto­gra­fía se ha cons­trui­do alre­de­dor de imá­ge­nes extra­or­di­na­rias: auto­res reco­no­ci­dos, copias impe­ca­bles, pro­yec­tos cohe­ren­tes y foto­gra­fías capa­ces de sos­te­ner una pared de museo. Es lógi­co. Pero fue­ra de ese rela­to que­da una can­ti­dad inmen­sa de mate­rial visual que tam­bién expli­ca cómo hemos apren­di­do a mirar.

Arlés 2026 pare­ce espe­cial­men­te dis­pues­to a abrir esa puer­ta. Además de ani­ma­les y ovnis, el pro­gra­ma inclu­ye «Memory Palace», de Clément Cogitore, que tra­ba­ja con imá­ge­nes ama­teur, memo­ria colec­ti­va e inte­li­gen­cia arti­fi­cial; «The Inner Darkroom», de Hu Weiyi, lle­va la foto­gra­fía hacia pro­ce­sos físi­cos poco con­ven­cio­na­les; y la obra de Ming Smith demues­tra des­de hace déca­das que el des­en­fo­que pue­de ser len­gua­je en lugar de defec­to.

Una foto movi­da, una ima­gen anó­ni­ma, un pla­ti­llo dema­sia­do peque­ño, un gato miran­do mal a cáma­ra o un nega­ti­vo que no resuel­ve el mis­te­rio pue­den tener poco valor como prue­ba y muchí­si­mo como docu­men­to cul­tu­ral. Nos dicen qué que­ría­mos ver, qué nos hacía gra­cia, qué nos daba mie­do y qué tec­no­lo­gías está­ba­mos dis­pues­tos a creer.

Quizá por eso las foto­gra­fías raras enve­je­cen tan bien. Las imá­ge­nes per­fec­tas sue­len decir ense­gui­da dón­de debe­mos mirar. Las extra­ñas dejan un peque­ño espa­cio sin resol­ver. Y ese hue­co, entre lo que vemos y lo que cree­mos estar vien­do, sigue sien­do uno de los luga­res más diver­ti­dos de la foto­gra­fía.