El pequeño numbat vuelve a multiplicarse

En julio de 2026 ocu­rrió algo poco fre­cuen­te en las lis­tas de espe­cies ame­na­za­das: un ani­mal cam­bió de cate­go­ría en la bue­na direc­ción. El num­bat (Myrmecobius fas­cia­tus), un peque­ño mar­su­pial aus­tra­liano de hoci­co fino, cola de cepi­llo y lomo raya­do, pasó de «En peli­gro» a «Casi ame­na­za­do» en la Lista Roja de la UICN. No sig­ni­fi­ca que esté a sal­vo, pero sí que hay bas­tan­tes más num­bats que hace unas déca­das. A fina­les de los años seten­ta que­da­ban alre­de­dor de 300. Hoy se cal­cu­la que exis­ten entre 2.000 y 3.000.

La cifra sigue sien­do modes­ta para una espe­cie que ocu­pó bue­na par­te del sur de Australia. De hecho, la UICN esti­ma que el num­bat vive aho­ra en ape­nas el 0,04 % de su anti­gua área de dis­tri­bu­ción. Pero pre­ci­sa­men­te por eso su recu­pe­ra­ción resul­ta intere­san­te: no ha ocu­rri­do por­que las ame­na­zas hayan des­apa­re­ci­do, sino por­que duran­te déca­das se ha tra­ba­ja­do sobre pro­ble­mas muy con­cre­tos. Controlar zorros y gatos asil­ves­tra­dos, criar ani­ma­les para libe­rar­los, crear refu­gios sin depre­da­do­res y vol­ver a esta­ble­cer pobla­cio­nes en luga­res don­de habían des­apa­re­ci­do ha ser­vi­do. Es una bue­na noti­cia con ins­truc­cio­nes de uso inclui­das.

Un especialista bastante peculiar

El num­bat pare­ce dise­ña­do por alguien que hubie­ra mez­cla­do varias ideas sin preo­cu­par­se dema­sia­do por las cate­go­rías. Es peque­ño —un adul­to sue­le pesar entre 400 y 700 gra­mos—, es acti­vo duran­te el día y vive casi exclu­si­va­men­te de una sola cosa: ter­mi­tas.

Puede comer has­ta unas 20.000 al día. Su len­gua lar­ga y pega­jo­sa le per­mi­te extraer­las de gale­rías y grie­tas, aun­que no tie­ne fuer­za sufi­cien­te para rom­per los gran­des ter­mi­te­ros. Eso obli­ga al ani­mal a adap­tar sus hora­rios a la acti­vi­dad de sus pre­sas. En invierno espe­ra a que el sue­lo se calien­te; en verano apro­ve­cha las horas más fres­cas. Su vida coti­dia­na depen­de, lite­ral­men­te, de que las ter­mi­tas estén en el lugar ade­cua­do.

Además, el num­bat es el últi­mo repre­sen­tan­te vivo de la fami­lia Myrmecobiidae. No es sim­ple­men­te una espe­cie rara den­tro de un gru­po abun­dan­te: con­ser­va una rama evo­lu­ti­va que ya no tie­ne otros miem­bros. También cum­ple una fun­ción bas­tan­te terre­nal. Al remo­ver el sue­lo mien­tras bus­ca ali­men­to favo­re­ce la infil­tra­ción del agua de llu­via, una peque­ña tarea de man­te­ni­mien­to que resul­ta útil en los bos­ques don­de vive.

Durante mucho tiem­po estu­vo exten­di­do por amplias zonas del sur aus­tra­liano. Después lle­ga­ron la pér­di­da y frag­men­ta­ción del hábi­tat y, sobre todo, dos depre­da­do­res intro­du­ci­dos: el zorro rojo y el gato. A media­dos de los años ochen­ta, las pobla­cio­nes natu­ra­les habían que­da­do redu­ci­das a dos áreas de Australia Occidental, Dryandra y Upper Warren. Ahí comen­zó una recu­pe­ra­ción que ha nece­si­ta­do bas­tan­te más pacien­cia que espec­tácu­lo.

Quitar depredadores antes de contar bebés

Una de las cla­ves fue com­pro­bar qué ocu­rría cuan­do dis­mi­nuían los zorros. Los pro­gra­mas de con­trol apli­ca­dos en Australia Occidental mos­tra­ron que los num­bats podían recu­pe­rar­se si deja­ban de ser una pre­sa tan fácil. El pro­ble­ma no ter­mi­nó ahí. Al redu­cir­se los zorros, los gatos asil­ves­tra­dos siguie­ron ejer­cien­do una pre­sión impor­tan­te, lo que obli­gó a ajus­tar las estra­te­gias.

Dryandra Woodland National Park ofre­ce un buen ejem­plo. En el recuen­to anual de 2018 solo se obser­va­ron cin­co num­bats en el reco­rri­do de segui­mien­to. En 2024 se regis­tra­ron 25. Los inves­ti­ga­do­res atri­bu­ye­ron bue­na par­te de esa esta­bi­li­dad a un con­trol más inten­so de gatos median­te cebos, tram­pas y actua­cio­nes en terre­nos pró­xi­mos. En 2025 el mis­mo segui­mien­to regis­tró 32 avis­ta­mien­tos.

No son cen­sos com­ple­tos de toda la pobla­ción, sino indi­ca­do­res obte­ni­dos con un méto­do man­te­ni­do duran­te años. Esa con­ti­nui­dad impor­ta. Cuando una espe­cie es difí­cil de cap­tu­rar —y dejar un poco de comi­da como cebo sir­ve de poco si el invi­ta­do quie­re ter­mi­tas vivas— hay que encon­trar otros sis­te­mas.

En Upper Warren, unas 250 cáma­ras auto­má­ti­cas per­mi­tie­ron hacer algo espe­cial­men­te útil: dis­tin­guir indi­vi­duos gra­cias al patrón de rayas de su pela­je. Un estu­dio publi­ca­do en Wildlife Research esti­mó unos 1.900 adul­tos en esa región, bas­tan­te más de lo que se supo­nía. La esti­ma­ción debía tomar­se con cau­te­la, adver­tían sus auto­res, pero ayu­dó a expli­car por qué las cifras glo­ba­les del num­bat habían sido dema­sia­do bajas.

Criar, soltar y volver a mirar

La otra pie­za del tra­ba­jo se encuen­tra en Perth Zoo. Su pro­gra­ma de cría comen­zó en 1987, con­si­guió los pri­me­ros naci­mien­tos en 1992 y reali­zó las pri­me­ras libe­ra­cio­nes al año siguien­te. Desde enton­ces, más de 320 num­bats naci­dos allí han sido devuel­tos a hábi­tats natu­ra­les o pro­te­gi­dos.

Criar un ani­mal que come miles de ter­mi­tas dia­rias no es exac­ta­men­te la opción sen­ci­lla. El zoo reco­ge ter­mi­tas y pre­pa­ra ade­más una die­ta espe­cí­fi­ca para man­te­ner a los ani­ma­les en con­di­cio­nes ade­cua­das. Antes de sol­tar­los, los jóve­nes apren­den a bus­car ali­men­to y reci­ben peque­ños colla­res de radio­se­gui­mien­to. Así se pue­de saber dón­de se des­pla­zan, cuán­to sobre­vi­ven y si lle­gan a repro­du­cir­se.

Las rein­tro­duc­cio­nes han per­mi­ti­do crear nue­vas pobla­cio­nes en Australia Occidental, Australia Meridional y Nueva Gales del Sur. Australian Wildlife Conservancy man­tie­ne cua­tro de ellas den­tro de gran­des recin­tos libres de gatos y zorros. Scotia, Yookamurra, Mt Gibson y Mallee Cliffs fun­cio­nan como pobla­cio­nes de segu­ri­dad y, al mis­mo tiem­po, como pun­tos des­de los que recu­pe­rar par­te del terri­to­rio per­di­do.

Ese deta­lle es impor­tan­te por­que una espe­cie no se recu­pe­ra solo aumen­tan­do una cifra total. Necesita varias pobla­cio­nes, diver­si­dad gené­ti­ca y sufi­cien­te sepa­ra­ción geo­grá­fi­ca para que un incen­dio, una sequía o un pro­ble­ma local no afec­ten a todos los indi­vi­duos a la vez. De ahí que los pro­gra­mas de cría incor­po­ren ani­ma­les sil­ves­tres de for­ma con­tro­la­da y vigi­len el paren­tes­co de los ejem­pla­res que se repro­du­cen.

Una recuperación que todavía necesita mantenimiento

El cam­bio de cate­go­ría de la UICN reco­no­ce un avan­ce real, pero con­vie­ne leer la letra peque­ña. El num­bat sigue cata­lo­ga­do como «En peli­gro» bajo la legis­la­ción fede­ral aus­tra­lia­na. Los gatos y zorros con­ti­núan pre­sen­tes fue­ra de los recin­tos pro­te­gi­dos, el hábi­tat ori­gi­nal sigue muy redu­ci­do y los incen­dios mal ges­tio­na­dos pue­den eli­mi­nar refu­gios y zonas de ali­men­ta­ción.

También apa­re­ce un pro­ble­ma menos visi­ble: el calor. Un estu­dio de 2024 basa­do en ima­gen tér­mi­ca con­clu­yó que, en con­di­cio­nes ambien­ta­les muy cáli­das, un num­bat pue­de dis­po­ner de ape­nas unos diez minu­tos de acti­vi­dad en zonas expues­tas antes de acu­mu­lar dema­sia­do calor. Para un ani­mal diurno que nece­si­ta pasar horas bus­can­do ter­mi­tas, per­der tiem­po de ali­men­ta­ción no es un deta­lle menor. El cam­bio cli­má­ti­co pue­de com­pli­car la recu­pe­ra­ción inclu­so aun­que los depre­da­do­res estén con­tro­la­dos.

Por eso resul­ta más útil pen­sar en el num­bat como una espe­cie que ha gana­do mar­gen, no como una espe­cie sal­va­da. Ha pasa­do de unos 300 ani­ma­les a varios miles por­que se iden­ti­fi­ca­ron las ame­na­zas prin­ci­pa­les y se man­tu­vie­ron las medi­das duran­te déca­das. No hubo un úni­co pro­yec­to mila­gro­so. Hubo cebos con­tra zorros, con­trol de gatos, cer­ca­dos, cáma­ras, gené­ti­ca, cría, libe­ra­cio­nes y mucha gen­te con­tan­do rayas en foto­gra­fías.

Y, de momen­to, está fun­cio­nan­do. Un ani­mal que lle­gó a que­dar redu­ci­do a dos pobla­cio­nes natu­ra­les vuel­ve a repro­du­cir­se en dis­tin­tos pun­tos de Australia. Sigue nece­si­tan­do vigi­lan­cia, pero aho­ra hay algo bas­tan­te más agra­da­ble que vigi­lar: nue­vos num­bats bus­can­do ter­mi­tas.