Motos para aliviar el estrés

Cuando subes a la moto, tu cere­bro entra en un modo de aten­ción muy pare­ci­do al de un depor­tis­ta con­cen­tra­do antes de una com­pe­ti­ción. La com­bi­na­ción de equi­li­brio, con­trol fino, lec­tu­ra del trá­fi­co y anti­ci­pa­ción acti­va con fuer­za la cor­te­za pre­fron­tal, la zona encar­ga­da de la pla­ni­fi­ca­ción, la memo­ria de tra­ba­jo y la toma de deci­sio­nes.
Al mis­mo tiem­po, diver­sos estu­dios han obser­va­do que, tras un rato con­du­cien­do, aumen­tan la adre­na­li­na y el rit­mo car­día­co, como si hicie­ras ejer­ci­cio sua­ve, pero a la vez des­cien­den los nive­les de cor­ti­sol, la famo­sa hor­mo­na del estrés. Esa mez­cla para­dó­ji­ca de acti­va­ción físi­ca y cal­ma men­tal se pare­ce mucho a lo que ocu­rre duran­te acti­vi­da­des de “flow”, ese esta­do en el que estás tan meti­do en lo que haces que el rui­do men­tal baja el volu­men.

Investigaciones en Japón y en Estados Unidos aña­den otra capa intere­san­te: las per­so­nas que vuel­ven a mon­tar des­pués de tiem­po para­do mues­tran mejo­ras en prue­bas de memo­ria, fle­xi­bi­li­dad cog­ni­ti­va y capa­ci­dad visuoes­pa­cial, lo que sugie­re que esta afi­ción fun­cio­na como una peque­ña gim­na­sia cere­bral con­ti­nua­da. No se tra­ta de que la moto te con­vier­ta en super­ge­nio, sino de que obli­ga a tu sis­te­ma ner­vio­so a man­te­ner­se des­pier­to, coor­di­na­do y adap­ta­ti­vo, jus­to lo con­tra­rio de la con­duc­ción pasi­va en un habi­tácu­lo cerra­do que hace casi todo por ti.

Beneficios para el ánimo y el estrés

Más allá de los grá­fi­cos de labo­ra­to­rio, la mayo­ría de per­so­nas que con­du­cen sobre dos rue­das des­cri­ben algo muy con­cre­to: salir a rodar les lim­pia la cabe­za. Encuestas recien­tes apun­tan a que alre­de­dor del 88% afir­ma que les mejo­ra el bien­es­tar men­tal, y muchos lo viven como una vía de esca­pe fren­te al estrés dia­rio, una espe­cie de reini­cio men­tal que les devuel­ve a casa con otra cara.
Los datos de la UCLA y otros estu­dios mues­tran que, con tan solo 20 minu­tos de con­duc­ción, los mar­ca­do­res de estrés pue­den caer en torno a un 28%, mien­tras que el pul­so y la adre­na­li­na suben, ponien­do el cuer­po en mar­cha sin dis­pa­rar la ansie­dad. Esa des­car­ga con­tro­la­da de ener­gía se acom­pa­ña de libe­ra­ción de dopa­mi­na, sero­to­ni­na y endor­fi­nas, neu­ro­trans­mi­so­res que aso­cia­mos al pla­cer, la moti­va­ción y la sen­sa­ción de bien­es­tar físi­co y men­tal.

Curiosamente, la sen­sa­ción de liber­tad que muchos rela­tan no es solo poe­sía: el hecho de estar expues­to al entorno, sin­tien­do el vien­to, el cam­bio de tem­pe­ra­tu­ra y el pai­sa­je, refuer­za la idea de movi­mien­to y pro­gre­so, lo cual ayu­da a des­blo­quear rumia­cio­nes y pen­sa­mien­tos cir­cu­la­res. Para per­so­nas que viven atra­pa­das en ruti­nas de pantalla-escritorio-pantalla, esa expe­rien­cia de cuer­po en movi­mien­to y men­te enfo­ca­da pue­de ser más tera­péu­ti­ca que una tar­de ente­ra dan­do vuel­tas a los pro­ble­mas en el sofá.

Conducción consciente, flow y resiliencia

Uno de los pun­tos cla­ve es que ir sobre dos rue­das no per­mi­te poner el pilo­to auto­má­ti­co: o estás, o estás. Esa exi­gen­cia de pre­sen­cia con­vier­te la ruta en un ejer­ci­cio de aten­ción ple­na casi for­za­da, don­de todo tu foco se ali­nea con la carre­te­ra, el trá­fi­co, el soni­do del motor y la lec­tu­ra del entorno cer­cano.
Esa espe­cie de mind­ful­ness diná­mi­co redu­ce el espa­cio men­tal dis­po­ni­ble para las preo­cu­pa­cio­nes, lo que se tra­du­ce en menos pen­sa­mien­tos intru­si­vos y una sen­sa­ción de silen­cio interno bas­tan­te pecu­liar. A dife­ren­cia de otras acti­vi­da­des más repe­ti­ti­vas, aquí la men­te tie­ne que estar con­ti­nua­men­te actua­li­zan­do la situa­ción, anti­ci­pan­do tra­yec­to­rias y reajus­tan­do deci­sio­nes, de modo que se entre­na la fle­xi­bi­li­dad cog­ni­ti­va sin que te des cuen­ta.

La comu­ni­dad mote­ra tam­bién fun­cio­na como una red de apo­yo: com­par­tir rutas, cafés, anéc­do­tas y peque­ños sus­tos ayu­da a pro­ce­sar mie­dos, nor­ma­li­zar la vul­ne­ra­bi­li­dad y for­ta­le­cer la resi­lien­cia des­pués de momen­tos difí­ci­les, inclui­dos acci­den­tes o caí­das. Algunos psi­có­lo­gos hablan inclu­so de “moto­te­ra­pia” para refe­rir­se a este con­jun­to de com­po­nen­tes: acti­vi­dad regu­la­do­ra del estrés, iden­ti­dad com­par­ti­da y narra­ti­va de supera­ción per­so­nal, siem­pre y cuan­do la con­duc­ción sea res­pon­sa­ble y no cai­ga en la teme­ri­dad.

Cara B: riesgos, límites y salud mental

Por supues­to, no todo es luz de atar­de­cer y carre­te­ras secun­da­rias; hay una cara B que con­vie­ne nom­brar si habla­mos en serio de salud men­tal. El mis­mo entorno que pue­de cal­mar la men­te tam­bién con­lle­va ries­gos obje­ti­vos: la expo­si­ción al trá­fi­co, la vul­ne­ra­bi­li­dad físi­ca y la posi­bi­li­dad real de acci­den­tes que, cuan­do ocu­rren, dejan hue­llas tan­to en el cuer­po como en la psi­que.
Después de un sinies­tro, muchas per­so­nas expe­ri­men­tan sín­to­mas de ansie­dad, evi­ta­ción o inclu­so tras­torno de estrés pos­trau­má­ti­co, y nece­si­tan tiem­po, acom­pa­ña­mien­to y, a menu­do, apo­yo pro­fe­sio­nal para recu­pe­rar la con­fian­za y vol­ver a sen­tir­se segu­ras sobre dos rue­das. Además, usar la moto úni­ca­men­te como vía de esca­pe pue­de vol­ver­se pro­ble­má­ti­co si se con­vier­te en la úni­ca estra­te­gia para ges­tio­nar emo­cio­nes, evi­tan­do afron­tar con­flic­tos de pare­ja, labo­ra­les o per­so­na­les que siguen ahí cuan­do apar­cas.

Los espe­cia­lis­tas insis­ten en que el bien­es­tar que apor­ta esta afi­ción debe enten­der­se como par­te de un esti­lo de vida salu­da­ble más amplio, que inclu­ya des­can­so, movi­mien­to, rela­cio­nes de cali­dad y, lle­ga­do el caso, tera­pia psi­co­ló­gi­ca. La cla­ve está en inte­grar la con­duc­ción como ritual que suma y no como mule­ta que tapa, man­te­nien­do una acti­tud pru­den­te, for­ma­ción con­ti­nua y un res­pe­to abso­lu­to por los pro­pios lími­tes y los de la carre­te­ra.