Luz encendida: del dato global a la vida diaria

Desde comien­zos de siglo, más de mil millo­nes de per­so­nas han sali­do lite­ral­men­te de la oscu­ri­dad gra­cias a la expan­sión de la elec­tri­ci­dad. En 2010 había unos 1.200 millo­nes de per­so­nas sin acce­so, una cifra que cayó a 759 millo­nes en 2019, empu­ja­da por polí­ti­cas públi­cas, nue­vas tec­no­lo­gías y una caí­da ver­ti­gi­no­sa de los cos­tes de las reno­va­bles. En para­le­lo, el por­cen­ta­je de pobla­ción mun­dial con elec­tri­ci­dad ron­da ya el 90‑91%, y la ten­den­cia ha sido de mejo­ra cons­tan­te, aun­que des­igual según la región. Ese avan­ce se tra­du­ce en ges­tos coti­dia­nos que pare­cen insig­ni­fi­can­tes en una gran ciu­dad, pero que cam­bian la vida en una aldea: encen­der una bom­bi­lla para estu­diar de noche, con­ser­var una vacu­na en frío o car­gar un telé­fono sin cami­nar kiló­me­tros. Sin embar­go, la otra cara del dato glo­bal recuer­da que, si no se ace­le­ra el rit­mo, alre­de­dor de 660 millo­nes de per­so­nas segui­rán sin elec­tri­ci­dad en 2030, muy lejos de la meta de acce­so uni­ver­sal mar­ca­da en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 7.

En ese con­tex­to de luces y som­bras, África sub­saha­ria­na con­cen­tra hoy tres cuar­tas par­tes del défi­cit mun­dial de acce­so, con cien­tos de millo­nes de per­so­nas aún sin cone­xión. Allí no solo fal­ta infra­es­truc­tu­ra, tam­bién poder adqui­si­ti­vo y esta­bi­li­dad polí­ti­ca, y el cre­ci­mien­to demo­grá­fi­co com­pli­ca toda­vía más la ecua­ción. Pero, a la vez, es el lugar don­de se están pro­ban­do algu­nas de las solu­cio­nes más inno­va­do­ras, des­de mini­rre­des reno­va­bles has­ta kits sola­res domés­ti­cos paga­dos por móvil. Por eso, cada grá­fi­co glo­bal escon­de millo­nes de his­to­rias de cam­bio, de impro­vi­sa­ción y de inge­nio para atra­par un rayo de sol y con­ver­tir­lo en ener­gía fia­ble. De algún modo, la elec­tri­fi­ca­ción se está escri­bien­do como una nove­la coral don­de con­vi­ven cables de alta ten­sión, bate­rías dimi­nu­tas y apli­ca­cio­nes de pago por uso.

Ruanda y la revolución de encender un interruptor

Ruanda se ha con­ver­ti­do en uno de los labo­ra­to­rios más lla­ma­ti­vos de la expan­sión eléc­tri­ca en África. Tras el año 2000, el país par­tía de nive­les muy bajos de acce­so, con una red limi­ta­da y un sec­tor eléc­tri­co peque­ño, pero el Gobierno fijó como obje­ti­vo explí­ci­to lle­gar a una elec­tri­fi­ca­ción casi total en las pró­xi­mas déca­das. En los últi­mos años, diver­sas fuen­tes esti­man que alre­de­dor del 70% de la pobla­ción tie­ne ya acce­so a la elec­tri­ci­dad, com­bi­nan­do cone­xio­nes a la red con solu­cio­nes fue­ra de red que se apo­yan en reno­va­bles. El Plan Nacional de Electrificación ruan­dés inclu­ye tan­to gran­des pro­yec­tos de gene­ra­ción como una expan­sión de la dis­tri­bu­ción y la apues­ta por tec­no­lo­gías sola­res des­cen­tra­li­za­das, inten­tan­do sal­tar­se algu­nos pasos de la elec­tri­fi­ca­ción tra­di­cio­nal, más len­ta y cos­to­sa. De esta for­ma, una mez­cla de inver­sión públi­ca, apo­yo inter­na­cio­nal y empre­sas loca­les está trans­for­man­do una geo­gra­fía que antes se ilu­mi­na­ba con que­ro­seno o velas.

Esa trans­for­ma­ción tie­ne con­se­cuen­cias muy con­cre­tas que van más allá de la como­di­dad y se acer­can al terreno de los dere­chos bási­cos. Centros de salud que pue­den con­ser­var san­gre y medi­ca­men­tos, peque­ñas pelu­que­rías que alar­gan el hora­rio, talle­res mecá­ni­cos que depen­den de herra­mien­tas eléc­tri­cas o escue­las que pro­yec­tan vídeos edu­ca­ti­vos son algu­nos ejem­plos fáci­les de ima­gi­nar. El acce­so a la elec­tri­ci­dad tam­bién abre la puer­ta a acti­vi­da­des pro­duc­ti­vas de mayor valor aña­di­do, por­que per­mi­te uti­li­zar maqui­na­ria, conec­tar­se a Internet y par­ti­ci­par en cade­nas de sumi­nis­tro que antes resul­ta­ban inac­ce­si­bles. Además, cuan­do la ener­gía pro­ce­de de fuen­tes reno­va­bles, como la hidro­eléc­tri­ca o la solar, la depen­den­cia de com­bus­ti­bles fósi­les y de su vola­ti­li­dad de pre­cios se redu­ce, algo espe­cial­men­te sen­si­ble para eco­no­mías con pocos már­ge­nes. Aun así, el reto sigue sien­do ase­gu­rar que ese pro­gre­so lle­ga tam­bién a las comu­ni­da­des rura­les más ais­la­das, don­de ins­ta­lar un pos­te de luz no siem­pre es sufi­cien­te para garan­ti­zar un sumi­nis­tro esta­ble.

Kits solares, móviles y microrredes: el salto sin cables

En muchas zonas rura­les de África, el futu­ro eléc­tri­co no está bajan­do por torres y cables de alta ten­sión, sino subien­do des­de peque­ños pane­les foto­vol­tai­cos fija­dos a los teja­dos. Empresas espe­cia­li­za­das han repar­ti­do más de un millón de kits sola­res con sis­te­mas de pago frac­cio­na­do por telé­fono móvil en el África angló­fo­na, demos­tran­do que se pue­de elec­tri­fi­car sin espe­rar déca­das a que lle­gue una gran red nacio­nal. Estos kits sue­len incluir un peque­ño panel, una bate­ría, algu­nas lám­pa­ras LED y pun­tos de car­ga para móvi­les, sufi­cien­tes para cubrir las nece­si­da­des más bási­cas de ilu­mi­na­ción y comu­ni­ca­ción. Los usua­rios rea­li­zan pagos dia­rios o sema­na­les median­te ser­vi­cios de dine­ro móvil, y el sis­te­ma se blo­quea auto­má­ti­ca­men­te si se deja de pagar, lo que redu­ce el ries­go para las empre­sas y abre el ser­vi­cio a hoga­res con pocos ingre­sos regu­la­res. Cuando se acu­mu­la un buen his­to­rial de pagos, algu­nos pro­vee­do­res per­mi­ten ampliar el sis­te­ma con más capa­ci­dad, bate­rías o inclu­so peque­ños elec­tro­do­més­ti­cos como ven­ti­la­do­res o tele­vi­so­res sen­ci­llos.

En para­le­lo a los kits domés­ti­cos, las mini­rre­des reno­va­bles han dupli­ca­do el núme­ro de per­so­nas conec­ta­das entre 2010 y 2019, pasan­do de 5 a 11 millo­nes de usua­rios gra­cias a con­fi­gu­ra­cio­nes basa­das en solar, eóli­ca o híbri­dos con alma­ce­na­mien­to. Estas solu­cio­nes colec­ti­vas resul­tan espe­cial­men­te úti­les en aldeas don­de no com­pen­sa eco­nó­mi­ca­men­te exten­der la red prin­ci­pal, pero sí tie­ne sen­ti­do mon­tar un peque­ño sis­te­ma local ges­tio­na­do por comu­ni­da­des o empre­sas. Además, cuan­do se com­bi­nan luces, talle­res, peque­ños comer­cios y pun­tos de recar­ga, la deman­da se esta­bi­li­za más que en un hogar ais­la­do, lo que mejo­ra la via­bi­li­dad finan­cie­ra de la ins­ta­la­ción. Incluso así, la COVID‑19 y las cri­sis eco­nó­mi­cas aso­cia­das han pues­to de relie­ve que muchos hoga­res tie­nen difi­cul­ta­des para pagar ni siquie­ra un ser­vi­cio bási­co de elec­tri­ci­dad, lo que ame­na­za con fre­nar el des­plie­gue si no se acom­pa­ña de polí­ti­cas de apo­yo y finan­cia­ción inclu­si­va. El dile­ma, en el fon­do, es cómo garan­ti­zar que la tran­si­ción ener­gé­ti­ca no deje a nadie offli­ne en un pla­ne­ta cada vez más digi­ta­li­za­do.

Sombras persistentes: cocinar con humo y brechas invisibles

Mientras la elec­tri­ci­dad avan­za, otro pro­ble­ma menos visi­ble sigue casi estan­ca­do: el acce­so a com­bus­ti­bles lim­pios para coci­nar. En 2019, unos 2.600 o 3.000 millo­nes de per­so­nas seguían coci­nan­do con leña, car­bón o que­ro­seno, lo que supo­ne apro­xi­ma­da­men­te un ter­cio de la pobla­ción mun­dial expues­ta a humos peli­gro­sos cada día. Esta fal­ta de solu­cio­nes lim­pias pro­vo­ca millo­nes de muer­tes pre­ma­tu­ras al año por enfer­me­da­des res­pi­ra­to­rias, espe­cial­men­te entre muje­res y niños que pasan más tiem­po cer­ca del fue­go. África sub­saha­ria­na con­cen­tra alre­de­dor de 900 millo­nes de per­so­nas sin acce­so a tec­no­lo­gías lim­pias de coci­na, y en muchos paí­ses de la región ape­nas un peque­ño por­cen­ta­je de la pobla­ción ha podi­do cam­biar a opcio­nes menos con­ta­mi­nan­tes. Aunque se hable mucho de pane­les y bate­rías, el sim­ple hecho de encen­der una coci­na efi­cien­te y sin humo toda­vía no es una reali­dad exten­di­da para vas­tas zonas rura­les.

Las des­igual­da­des tam­bién se notan en la cali­dad del sumi­nis­tro y no solo en la pre­sen­cia o ausen­cia de un cable. Hay hoga­res conec­ta­dos ofi­cial­men­te a la red que sufren apa­go­nes cons­tan­tes, ten­sio­nes ines­ta­bles o tari­fas que se comen una par­te des­pro­por­cio­na­da de su pre­su­pues­to men­sual. Asimismo, los flu­jos finan­cie­ros inter­na­cio­na­les para apo­yar ener­gías reno­va­bles en paí­ses en desa­rro­llo, aun­que cre­cien­tes, tien­den a con­cen­trar­se en unos pocos paí­ses y dejan fue­ra a muchos de los que más apo­yo nece­si­ta­rían. Sin más inver­sión y mar­cos regu­la­to­rios cla­ros, será difí­cil mul­ti­pli­car los pro­yec­tos de micro­rre­des, gene­ra­ción reno­va­ble y efi­cien­cia ener­gé­ti­ca que podrían ace­le­rar el acce­so uni­ver­sal. De ahí que orga­nis­mos inter­na­cio­na­les insis­tan en que la ener­gía no es solo un sec­tor téc­ni­co, sino un dere­cho habi­li­ta­dor para la edu­ca­ción, la salud, la igual­dad de géne­ro y la resi­lien­cia fren­te al cam­bio cli­má­ti­co.

Idea de diseño: una prenda que hable de luz nueva

Imagina una ilus­tra­ción que con­den­sa­ra todas estas his­to­rias de luz recién lle­ga­da en una sola esce­na urba­na y rural a la vez. Podría ser un hori­zon­te noc­turno don­de, en pri­mer plano, se ve un peque­ño panel solar sobre un teja­do de cha­pa ilu­mi­nan­do una habi­ta­ción míni­ma don­de alguien lee, mien­tras al fon­do una gran ciu­dad se recor­ta con ras­ca­cie­los y ante­nas de tele­fo­nía. Entre ambos mun­dos, una línea de mon­tes sal­pi­ca­da de pun­tos de luz repre­sen­ta­ría aldeas conec­ta­das por mini­rre­des, como si estre­llas hubie­ran caí­do del cie­lo para que­dar­se a ras de sue­lo. El men­sa­je podría girar en torno a esa idea de que la elec­tri­ci­dad no es un lujo, sino una con­di­ción de posi­bi­li­dad para ima­gi­nar futu­ros dife­ren­tes cuan­do cae la noche. Con colo­res inten­sos, con­tras­te entre som­bras pro­fun­das y neo­nes sua­ves, y qui­zá algu­na refe­ren­cia sutil a los cables que se trans­for­man en rayos de sol, la ima­gen invi­ta­ría a pen­sar en un pla­ne­ta don­de encen­der una luz debe­ría ser tan nor­mal como res­pi­rar.