La sala que reabrió tras 83 años con dinosaurios, focas y Star Wars

Hay habi­ta­cio­nes que des­apa­re­cen de la vida públi­ca sin des­apa­re­cer del edi­fi­cio. En el Natural History Museum de Londres ocu­rría des­de 1943 con una gale­ría del segun­do piso del edi­fi­cio Waterhouse. Durante déca­das, millo­nes de visi­tan­tes pasa­ron rela­ti­va­men­te cer­ca sin entrar en ella. El 16 de sep­tiem­bre de 2026 vol­vió a abrir sus puer­tas con «Nature and Us», una expo­si­ción gra­tui­ta for­ma­da por unos cin­cuen­ta obje­tos que explo­ran cómo ha cam­bia­do nues­tra rela­ción con el mun­do natu­ral.

La sala no per­ma­ne­ció intac­ta como una cáp­su­la del tiem­po. Antes de la gue­rra había ser­vi­do para exhi­bir esque­le­tos y mamí­fe­ros. Cuando el her­ba­rio del museo sufrió daños duran­te la Segunda Guerra Mundial, el espa­cio se des­ti­nó a guar­dar colec­cio­nes botá­ni­cas y dejó de reci­bir públi­co. Buena par­te de sus arma­rios de made­ra ori­gi­na­les siguen allí, de modo que la pro­pia arqui­tec­tu­ra cuen­ta una par­te de la his­to­ria.

La reaper­tu­ra tie­ne ade­más algo de ensa­yo. «Nature and Us» esta­rá ins­ta­la­da duran­te unos 18 meses y el museo uti­li­za­rá las opi­nio­nes de los visi­tan­tes para deci­dir qué rela­tos y enfo­ques pasa­rán a una gale­ría per­ma­nen­te pre­vis­ta para 2029. No se tra­ta, por tan­to, de des­em­pol­var una sala anti­gua y lle­nar­la de vitri­nas nue­vas. El museo está pro­ban­do cómo con­tar la natu­ra­le­za cuan­do los obje­tos ya no enca­jan cómo­da­men­te en las cate­go­rías de «ani­mal», «mine­ral» o «plan­ta».

El dinosaurio equivocado que sigue siendo útil

Uno de los obje­tos más atrac­ti­vos es un peque­ño mode­lo rela­cio­na­do con los famo­sos dino­sau­rios de Crystal Palace. Las escul­tu­ras a tama­ño natu­ral dise­ña­das por Benjamin Waterhouse Hawkins y pre­sen­ta­das en 1854 fue­ron las pri­me­ras recons­truc­cio­nes de dino­sau­rios a tama­ño natu­ral expues­tas al públi­co. Hoy algu­nas resul­tan extra­ñas: el Iguanodon pare­ce un enor­me rep­til cua­drúpe­do y lle­va en la nariz una púa que aho­ra sabe­mos que corres­pon­día al pul­gar.

Sería fácil reír­se de aque­llos vic­to­ria­nos. También sería bas­tan­te injus­to. Hawkins y los cien­tí­fi­cos que le ase­so­ra­ron tra­ba­ja­ban con muy pocos fósi­les y com­pa­ra­ban lo des­co­no­ci­do con ani­ma­les vivos que sí podían estu­diar. Sus dino­sau­rios esta­ban equi­vo­ca­dos en muchos deta­lles, pero mos­tra­ban la mejor inter­pre­ta­ción dis­po­ni­ble en aquel momen­to.

Por eso el mode­lo enca­ja tan bien en una expo­si­ción sobre nues­tra rela­ción con la natu­ra­le­za. No ense­ña sola­men­te cómo se creía que era un dino­sau­rio. Enseña cómo fun­cio­na el cono­ci­mien­to: obser­va­mos, inter­pre­ta­mos y corre­gi­mos. Un museo de his­to­ria natu­ral no tie­ne por qué escon­der sus erro­res anti­guos; pue­de uti­li­zar­los para ense­ñar que la cien­cia tam­bién tie­ne his­to­ria.

Cerca apa­re­cen otros obje­tos que hacen algo pare­ci­do. Una gran mari­qui­ta fabri­ca­da para una gale­ría de insec­tos en los años trein­ta recuer­da que los museos siem­pre han nece­si­ta­do mode­los, amplia­cio­nes y tru­cos visua­les para mos­trar aque­llo que a sim­ple vis­ta resul­ta dema­sia­do peque­ño, dema­sia­do lejano o sim­ple­men­te des­apa­re­ci­do.

Jenny, el «pez parlante» que era una foca

Más incó­mo­da es la his­to­ria de Jenny. Su esque­le­to per­te­ne­ció a una foca mon­je exhi­bi­da en el Londres vic­to­riano como «the tal­king fish», el pez par­lan­te. El natu­ra­lis­ta Frank Buckland escri­bió sobre el espec­tácu­lo en 1859 y des­cri­bió su sor­pre­sa al des­cu­brir que el supues­to pez era en reali­dad una foca entre­na­da para rea­li­zar dis­tin­tas accio­nes a la orden.

La inves­ti­ga­ción pos­te­rior aña­de otro giro: Jenny era en reali­dad un macho. El nom­bre feme­nino y la eti­que­ta de «pez» for­ma­ban par­te de un espec­tácu­lo cons­trui­do para atraer públi­co. El ani­mal ter­mi­nó en las colec­cio­nes cien­tí­fi­cas des­pués de su muer­te.

Ese esque­le­to per­mi­te con­tar varias his­to­rias a la vez. Habla de zoo­lo­gía, por­que hoy pode­mos iden­ti­fi­car mejor el ani­mal. Habla tam­bién del entre­te­ni­mien­to con fau­na sal­va­je y de una épo­ca en la que los lími­tes entre barra­ca de curio­si­da­des, colec­ción cien­tí­fi­ca y espec­tácu­lo comer­cial eran bas­tan­te poro­sos. Y recuer­da algo fácil de olvi­dar cuan­do vemos un esque­le­to per­fec­ta­men­te mon­ta­do bajo una luz de museo: antes de ser una pie­za de colec­ción, fue un ani­mal vivo.

La expo­si­ción no nece­si­ta con­ver­tir esa his­to­ria en una lec­ción solem­ne. Basta con con­ser­var el extra­ño nom­bre de «pez par­lan­te» y expli­car de dón­de salió. A veces una eti­que­ta absur­da cuen­ta mucho sobre la épo­ca que la inven­tó.

Cuando un juguete de Star Wars se convierte en naturaleza

El obje­to que mejor resu­me toda la expo­si­ción qui­zá sea tam­bién el menos museís­ti­co: una figu­ra de Star Wars de los años ochen­ta encon­tra­da en el fon­do del mar y cubier­ta de brio­zoos. Es plás­ti­co, per­te­ne­ce a la cul­tu­ra popu­lar y segu­ra­men­te empe­zó su segun­da vida sub­ma­ri­na como basu­ra. Sin embar­go, aca­bó ofre­cien­do una super­fi­cie sobre la que cre­cie­ron peque­ños ani­ma­les colo­nia­les.

Los brio­zoos están for­ma­dos por dimi­nu­tos indi­vi­duos, lla­ma­dos zooi­des, que viven agru­pa­dos y pue­den exten­der­se sobre super­fi­cies duras en ambien­tes mari­nos y de agua dul­ce. Para ellos, una roca, una con­cha o un tro­zo de plás­ti­co pue­den ser sim­ple­men­te luga­res don­de fijar­se. El jugue­te deja así de ser solo un resi­duo reco­no­ci­ble para con­ver­tir­se tam­bién en sopor­te de vida y en un regis­tro mate­rial de lo que ocu­rre cuan­do nues­tros obje­tos entran en los eco­sis­te­mas.

Eso no vuel­ve bueno al plás­ti­co aban­do­na­do en el mar ni con­vier­te la con­ta­mi­na­ción en una curio­si­dad sim­pá­ti­ca. Lo intere­san­te es pre­ci­sa­men­te la con­tra­dic­ción. La figu­ra pue­de hablar al mis­mo tiem­po de con­su­mo, resi­duos, colo­ni­za­ción bio­ló­gi­ca y de la extra­or­di­na­ria faci­li­dad con la que la natu­ra­le­za incor­po­ra super­fi­cies que nun­ca habían exis­ti­do antes de la indus­tria huma­na.

A su lado, una répli­ca de la man­dí­bu­la de uno de los perros domés­ti­cos más anti­guos cono­ci­dos en Gran Bretaña, de unos 14.300 años, y un bifaz de alre­de­dor de 400.000 años amplían la esca­la tem­po­ral. Uno habla de con­vi­ven­cia con otros ani­ma­les; el otro, de tec­no­lo­gía huma­na muchí­si­mo antes del plás­ti­co, los museos o las gala­xias muy, muy leja­nas.

Ahí está la gra­cia de «Nature and Us». Un museo de his­to­ria natu­ral pue­de guar­dar fósi­les y esque­le­tos, pero tam­bién mode­los equi­vo­ca­dos, herra­mien­tas, jugue­tes y obje­tos que alguien habría reco­gi­do del sue­lo pen­san­do que eran basu­ra. Lo que los con­vier­te en pie­zas intere­san­tes no es su noble­za, sino la pre­gun­ta que per­mi­ten hacer. Después de 83 años cerra­da al públi­co, esta sala ha vuel­to con un cri­te­rio bas­tan­te sen­ci­llo: si algo ayu­da a enten­der cómo nos rela­cio­na­mos con la natu­ra­le­za, qui­zá merez­ca una vitri­na.