Lo que el aire, el ruido y la luz te hacen

Existe un tér­mino que los cien­tí­fi­cos lle­van tiem­po mane­jan­do y que, curio­sa­men­te, ape­nas ha lle­ga­do a la con­ver­sa­ción del día a día. Se lla­ma expo­so­ma, y fue pro­pues­to en 2005 por el epi­de­mió­lo­go mole­cu­lar Christopher Wild para des­cri­bir algo tan coti­diano como revo­lu­cio­na­rio: la tota­li­dad de las expo­si­cio­nes ambien­ta­les a las que una per­so­na está some­ti­da a lo lar­go de su vida, des­de la con­cep­ción has­ta la muer­te. No es un con­cep­to abs­trac­to ni de labo­ra­to­rio. Es, lite­ral­men­te, el aire que res­pi­ras aho­ra mis­mo, la luz que entra por tu ven­ta­na, los soni­dos que lle­gan des­de la calle y la comi­da que tie­nes en la nevera.equipoclinico.

Durante déca­das, la medi­ci­na ha mira­do al geno­ma como si fue­ra el gran guio­nis­ta de nues­tra salud. Sin embar­go, la evi­den­cia ha ido acu­mu­lan­do datos que apun­tan en otra direc­ción: casi la mitad de la mor­ta­li­dad glo­bal pue­de atri­buir­se a expo­si­cio­nes ambien­ta­les cono­ci­das. Eso cam­bia bas­tan­te la ecua­ción. Porque el geno­ma, esa secuen­cia de ADN con la que nace­mos, no se modi­fi­ca a lo lar­go de la vida; pero el expo­so­ma, en cam­bio, es diná­mi­co y cam­bia con­ti­nua­men­te. Y eso, lejos de ser una ame­na­za, es una opor­tu­ni­dad enor­me. Significa que tene­mos mar­gen de manio­bra real.

La inves­ti­ga­ción del CREAF reco­ge la expli­ca­ción del inves­ti­ga­dor del CSIC Josep Peñuelas: «El expo­so­ma inclu­ye todos los fac­to­res no gené­ti­cos que influ­yen en la salud, des­de agen­tes físi­cos y quí­mi­cos has­ta entor­nos socia­les y de com­por­ta­mien­to». Dicho así, sue­na a un con­cep­to enor­me y difu­so. Pero en la prác­ti­ca se divi­de en tres ámbi­tos muy con­cre­tos: las expo­si­cio­nes exter­nas gene­ra­les (cli­ma, entorno urbano, nivel socio­eco­nó­mi­co), las exter­nas espe­cí­fi­cas (die­ta, con­ta­mi­na­ción, acti­vi­dad físi­ca, hábi­tos como el taba­co) y las inter­nas (infla­ma­ción, micro­bio­ta, meta­bo­lis­mo). En el segun­do y el ter­cer gru­po es don­de cada per­so­na pue­de actuar con mayor liber­tad.

El mapa invisible que decide tu salud

El rui­do del trá­fi­co es, según el Ministerio de Sanidad, el segun­do fac­tor más impor­tan­te de car­ga ambien­tal de enfer­me­da­des en Europa, solo por detrás de la con­ta­mi­na­ción del aire. Un dato que con­vie­ne mas­ti­car des­pa­cio. Un infor­me publi­ca­do en Environment International por el ins­ti­tu­to ISGlobal ya adver­tía en 2017 que el rui­do del trá­fi­co «con­tri­bu­ye con un 36% a la car­ga de enfer­me­dad pro­vo­ca­da por la pla­ni­fi­ca­ción urba­na y del trans­por­te, un por­cen­ta­je supe­rior inclu­so al atri­bui­ble a la con­ta­mi­na­ción del aire». Además, la expo­si­ción noc­tur­na al rui­do resul­ta espe­cial­men­te dañi­na, por­que inter­fie­re en los pro­ce­sos de rege­ne­ra­ción que ocu­rren mien­tras dor­mi­mos.

A eso hay que sumar la con­ta­mi­na­ción lumí­ni­ca, ese bri­llo arti­fi­cial y cons­tan­te que muchas noches nos impi­de ver una sola estre­lla des­de nues­tra ven­ta­na. La expo­si­ción pro­lon­ga­da a la luz arti­fi­cial por la noche pue­de pro­vo­car insom­nio, fati­ga visual, ansie­dad y alte­ra­cio­nes del sue­ño. El rit­mo cir­ca­diano, regu­la­do por la mela­to­ni­na, nece­si­ta oscu­ri­dad real para fun­cio­nar bien. Y sin un buen rit­mo cir­ca­diano, el orga­nis­mo empie­za a acu­sar el des­gas­te en for­ma de pro­ble­mas car­dio­vas­cu­la­res, alte­ra­cio­nes del esta­do de áni­mo y pér­di­da de capa­ci­dad cog­ni­ti­va. El expo­so­ma, en este sen­ti­do, actúa de mane­ra silen­cio­sa pero acu­mu­la­ti­va.

Por for­tu­na, el cam­po que des­cri­be el pro­ble­ma tam­bién des­cri­be las solu­cio­nes. Los sie­te prin­ci­pa­les fac­to­res del expo­so­ma que más influ­yen en nues­tra salud son la radia­ción solar, la con­ta­mi­na­ción, el taba­quis­mo, la nutri­ción, el estrés, la tem­pe­ra­tu­ra y la cali­dad del sue­ño. La mayo­ría de ellos tie­nen una cara oscu­ra y una cara lumi­no­sa: la mis­ma lógi­ca que hace que la radia­ción solar en exce­so sea per­ju­di­cial con­vier­te a la expo­si­ción mode­ra­da a la luz natu­ral en un fac­tor pro­tec­tor fren­te a los bajos nive­les de vita­mi­na D que hoy afec­tan a bue­na par­te de la pobla­ción espa­ño­la, por el tiem­po exce­si­vo que pasa­mos bajo luz arti­fi­cial.

Ciencia para vivir mejor en tu barrio

Los espa­cios ver­des urba­nos no son un lujo pai­sa­jís­ti­co. Son, lite­ral­men­te, infra­es­truc­tu­ra de salud. Un estu­dio de la Universidad de Sevilla, publi­ca­do en Environmental Research and Public Health, demos­tró que sim­ple­men­te ver espa­cios ver­des des­de el hogar pue­de redu­cir de for­ma sig­ni­fi­ca­ti­va el ries­go de ansie­dad y depre­sión. No hace fal­ta irse al mon­te. Con el árbol en la ace­ra pue­de ser sufi­cien­te. Además, los barrios con mayor pre­sen­cia de arbo­la­do regis­tran menor pre­va­len­cia de enfer­me­da­des car­día­cas y res­pi­ra­to­rias, según datos del Proyecto Green Heart Louisville. La natu­ra­le­za urba­na cer­ca­na tie­ne, ade­más, un efec­to equi­gé­ni­co: redu­ce las des­igual­da­des de salud entre per­so­nas de dis­tin­tos nive­les socio­eco­nó­mi­cos.

Los estu­dios publi­ca­dos en Nature evi­den­cian que la corre­la­ción entre natu­ra­le­za urba­na y efec­tos posi­ti­vos en la salud men­tal es con­sis­ten­te. El con­tac­to con entor­nos natu­ra­les res­tau­ra la capa­ci­dad de con­cen­tra­ción, un meca­nis­mo des­cri­to por la teo­ría de la res­tau­ra­ción de la aten­ción (Attention Restoration Theory, ART), desa­rro­lla­da por los inves­ti­ga­do­res Kaplan y Kaplan. En tér­mi­nos más sen­ci­llos: un paseo por un par­que no es tiem­po per­di­do. Es man­te­ni­mien­to men­tal con efi­ca­cia com­pro­ba­da. Algo que con­fir­ma tam­bién la reduc­ción de mar­ca­do­res de ansie­dad, de pre­sión arte­rial ele­va­da y de la fun­ción inmu­ni­ta­ria que se obser­va con regu­la­ri­dad en quie­nes tie­nen con­tac­to fre­cuen­te con entor­nos natu­ra­les.

Todo esto tie­ne impli­ca­cio­nes muy prác­ti­cas para quie­nes vivi­mos en ciu­da­des. Elegir el camino arbo­la­do en vez del paseo por la calle más tran­si­ta­da, bus­car un ban­co en un par­que a la hora de comer, o sim­ple­men­te ins­ta­lar una plan­ta en el espa­cio de tra­ba­jo, son deci­sio­nes meno­res con un retorno en bien­es­tar nada des­pre­cia­ble. El urba­nis­ta Jan Gehl, en su obra Cities for People, lle­va años defen­dien­do que los entor­nos que invi­tan a cami­nar y socia­li­zar mejo­ran el bien­es­tar físi­co y psi­co­ló­gi­co de sus habi­tan­tes. El dise­ño del entorno impor­ta, y la bue­na noti­cia es que pode­mos esco­ger, den­tro de él, los micro­en­tor­nos que nos favo­re­cen.

Lo que el aire, el ruido y la luz te hacen

Hablar de expo­so­ma es hablar tam­bién de la rela­ción entre lo que el mun­do nos hace y lo que noso­tros le hace­mos al mun­do que habi­ta­mos. La micro­bio­ta intes­ti­nal, por ejem­plo, no es aje­na a todo esto: se ve influi­da de mane­ra direc­ta por la die­ta, el estrés, los con­ta­mi­nan­tes y el esti­lo de vida gene­ral. Y la micro­bio­ta, a su vez, regu­la la infla­ma­ción sis­té­mi­ca, el esta­do de áni­mo y la res­pues­ta inmu­ne. El círcu­lo entre entorno y bio­lo­gía es con­ti­nuo, y actúa en ambas direc­cio­nes. De ahí que mejo­rar el expo­so­ma ten­ga efec­tos que van mucho más allá de lo que se espe­ra cuan­do se cam­bia, por ejem­plo, solo la die­ta.

La ali­men­ta­ción medi­te­rrá­nea es, en este sen­ti­do, uno de los com­po­nen­tes del expo­so­ma per­so­nal con mayor res­pal­do cien­tí­fi­co. Reduce el ries­go de enfer­me­da­des car­dio­vas­cu­la­res, la pre­va­len­cia de dia­be­tes, la obe­si­dad y el dete­rio­ro cog­ni­ti­vo, gra­cias a su alto con­te­ni­do en anti­oxi­dan­tes y gra­sas salu­da­bles. La Mayo Clinic la reco­no­ce como uno de los pla­nes de ali­men­ta­ción más reco­men­da­dos por exper­tos en nutri­ción, y la UNESCO la decla­ró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pero más allá de los nutrien­tes, un estu­dio de 2023 apun­ta a que com­par­tir la mesa —la con­vi­ven­cia— pue­de ser par­te del meca­nis­mo pro­tec­tor, gra­cias a la libe­ra­ción de oxi­to­ci­na y endor­fi­nas aso­cia­da a las expe­rien­cias ali­men­ta­rias com­par­ti­das.

El sue­ño, por su par­te, es qui­zás el fac­tor del expo­so­ma interno más infra­va­lo­ra­do y más fácil de boi­co­tear des­de el exte­rior. Un tiem­po inade­cua­do de des­can­so se aso­cia con un aumen­to de entre el 10% y el 40% del ries­go de enfer­me­da­des car­dio­vas­cu­la­res. La luz azul de las pan­ta­llas inhi­be la pro­duc­ción de mela­to­ni­na; el rui­do noc­turno inte­rrum­pe los ciclos de recu­pe­ra­ción; la tem­pe­ra­tu­ra del dor­mi­to­rio por enci­ma de 21 ºC difi­cul­ta la entra­da en el sue­ño pro­fun­do. Controlando esos tres fac­to­res —luz, rui­do y tem­pe­ra­tu­ra— se pue­de mejo­rar de for­ma nota­ble la cali­dad del des­can­so sin nece­si­dad de nin­gún suple­men­to ni tec­no­lo­gía sofis­ti­ca­da.

Más sano sin salir de casa, ¿es posible?

La res­pues­ta bre­ve es: sí, en par­te. El expo­so­ma per­so­nal abar­ca com­po­nen­tes que están com­ple­ta­men­te en manos de cada per­so­na: acti­vi­dad físi­ca, die­ta, ges­tión del estrés, cali­dad del sue­ño, rela­cio­nes socia­les y la deci­sión de no fumar. Cada uno de esos fac­to­res tie­ne, ade­más, una capa­ci­dad de siner­gia con los demás que mul­ti­pli­ca su efec­to. La evi­den­cia cien­tí­fi­ca con­fir­ma que tener un expo­so­ma salu­da­ble pue­de pro­lon­gar la vida de for­ma con­si­de­ra­ble. No como una pro­me­sa vaga de lon­ge­vi­dad, sino como el resul­ta­do docu­men­ta­do de miles de estu­dios que miden indi­ca­do­res con­cre­tos: pre­sión arte­rial, mar­ca­do­res infla­ma­to­rios, fun­ción cog­ni­ti­va, ries­go de enfer­me­da­des cró­ni­cas.

Aun así, el expo­so­ma nos recuer­da que la salud no es solo un asun­to indi­vi­dual. El entorno que com­par­ti­mos —la pla­ni­fi­ca­ción del barrio, la cali­dad del aire, los nive­les de rui­do, el acce­so a espa­cios ver­des— tam­bién for­ma par­te de la ecua­ción. Y en ese espa­cio colec­ti­vo, las deci­sio­nes indi­vi­dua­les se suman. Apagar luces inne­ce­sa­rias por la noche redu­ce la con­ta­mi­na­ción lumí­ni­ca para todos. Elegir rutas a pie o en bici­cle­ta dis­mi­nu­ye el rui­do y las emi­sio­nes que afec­tan a los demás. Exigir más ver­de en el dise­ño urbano es defen­der un dere­cho a la salud que no está reñi­do con vivir en ciu­dad.

La gran lec­ción del expo­so­ma es, en el fon­do, bas­tan­te opti­mis­ta: no somos víc­ti­mas pasi­vas del entorno. Somos, en bue­na medi­da, sus arqui­tec­tos coti­dia­nos. Cada hábi­to que con­so­li­da­mos, cada micro­en­torno que ele­gi­mos o trans­for­ma­mos, cada hora de sue­ño que pro­te­ge­mos de la luz y el rui­do, es una inver­sión tan­gi­ble en bien­es­tar. La cien­cia tie­ne cla­ro que el entorno mol­dea la bio­lo­gía. Pero tam­bién tie­ne cla­ro que pode­mos mol­dear el entorno. Y eso, como pun­to de par­ti­da, es más que sufi­cien­te.