Cintas clandestinas: 40 años de conciertos salvados

Un afi­cio­na­do de Chicago lla­ma­do Aadam Jacobs pasó 40 años colan­do gra­ba­do­ras en salas de con­cier­tos y hoy su colec­ción de más de 10.000 shows está empe­zan­do a libe­rar­se gra­tis en Internet Archive, con­vir­tién­do­se en un peque­ño teso­ro para meló­ma­nos, colec­cio­nis­tas y nos­tál­gi­cos del direc­to imper­fec­to.

El tipo del bolsillo abultado

La his­to­ria empie­za en 1984, cuan­do un ado­les­cen­te de 17 años entra en un club de Chicago con un dic­tá­fono pres­ta­do por su abue­la y una idea casi ton­ta: si ya va a con­cier­tos varias veces por sema­na, ¿por qué no gra­bar­los para escu­char­los des­pués?. Con los años, ese ges­to se vuel­ve ruti­na, y la ruti­na se con­vier­te en obse­sión, has­ta sumar más de 10.000 cin­tas guar­da­das en cajas que ocu­pan habi­ta­cio­nes ente­ras de su casa. Los due­ños de los loca­les se acos­tum­bran al “tipo del bol­si­llo abul­ta­do” que no moles­ta, no reven­de nada y solo se que­da quie­to en un rin­cón, aten­to al esce­na­rio y al nivel de la bate­ría.

Al prin­ci­pio la cali­dad es jus­ti­ta: gra­ba­do­ras de cas­set­te bara­tas, micró­fo­nos que sufren con los gra­ves, rui­do de vasos, con­ver­sa­cio­nes, un públi­co que tose cuan­do no toca. Sin embar­go, a medi­da que la tec­no­lo­gía avan­za, tam­bién lo hace su equi­po, pasan­do de cas­set­tes a DAT y más tar­de a gra­ba­do­res digi­ta­les de esta­do sóli­do que cap­tu­ran con una cla­ri­dad sor­pren­den­te para ser mate­rial “pira­ta de afi­cio­na­do”. Lo curio­so es que Jacobs nun­ca se plan­teó a sí mis­mo como archi­vis­ta ni como héroe cul­tu­ral, y en sus pro­pias decla­ra­cio­nes se defi­ne más bien como un fan maniá­ti­co que sim­ple­men­te no podía dejar de docu­men­tar aque­llo que ama­ba. Resulta casi iró­ni­co que ese hábi­to pri­va­do, pen­sa­do para sus oídos, ter­mi­ne por con­ver­tir­se en un archi­vo his­tó­ri­co abier­to a todo el mun­do.

Del walkman a la eternidad digital

Durante déca­das, las cin­tas duer­men en silen­cio, api­la­das en cajas de car­tón, eti­que­ta­das a mano con fechas, ban­das y salas que solo cono­cen los habi­tua­les de la esce­na inde­pen­dien­te de Chicago y otras ciu­da­des esta­dou­ni­den­ses. Entre ellas se escon­den joyas que hoy sona­rían a leyen­da: actua­cio­nes de Nirvana gra­ba­das más de dos años antes del sal­to masi­vo de «Nevermind», shows de R.E.M., Sonic Youth, Phish, The Cure o Tracy Chapman en momen­tos en que aún esta­ban defi­nien­do su soni­do y su repu­tación en direc­to. Ese mate­rial, que en muchos casos nun­ca fue regis­tra­do por sellos ni tele­vi­sio­nes, sobre­vi­ve gra­cias a alguien que se sen­ta­ba al fon­do con un walk­man.

La chis­pa que cam­bia la esca­la lle­ga en 2023, cuan­do una docu­men­ta­lis­ta rue­da una pelí­cu­la sobre Jacobs y su ritual de gra­bar­lo todo, lo que aca­ba lla­man­do la aten­ción de per­so­nas vin­cu­la­das a Internet Archive. A par­tir de enton­ces, volun­ta­rios de la orga­ni­za­ción se orga­ni­zan para via­jar cada mes a su casa y sacar entre 10 y 20 cajas, con dece­nas de cin­tas ana­ló­gi­cas por lote, que des­pués se digi­ta­li­zan, se lim­pian y se mas­te­ri­zan para subir­las al Live Music Archive, el gran repo­si­to­rio de músi­ca en vivo de la pla­ta­for­ma. El pro­ce­so es len­to por­que cada cin­ta requie­re máqui­nas cada vez más raras, escu­cha pacien­te y tra­ba­jo de res­tau­ra­ción para eli­mi­nar rui­do sin borrar el carác­ter cru­do de los con­cier­tos, así que se cal­cu­la que el pro­yec­to lle­va­rá años has­ta tener todo el catá­lo­go dis­po­ni­ble. Aun así, ya hay miles de gra­ba­cio­nes acce­si­bles gra­tui­ta­men­te, lis­tas para que cual­quie­ra se pier­da en esa dimen­sión alter­na­ti­va don­de la ban­da sue­na un poco lejos, alguien gri­ta “te amo” fue­ra de tono y la magia está pre­ci­sa­men­te ahí.

Un archivo vivo para escuchar el pasado

Lo que hace espe­cial esta colec­ción no es solo la can­ti­dad, sino la tex­tu­ra del tiem­po que encie­rra: se tra­ta de cua­tro déca­das de cul­tu­ra en direc­to, cap­tu­ra­das tal y como sona­ban, con erro­res, impro­vi­sa­cio­nes y esos momen­tos que nun­ca entran en los dis­cos ofi­cia­les. Cada gra­ba­ción se con­vier­te en una cáp­su­la que con­ser­va no sólo can­cio­nes, sino la atmós­fe­ra de un local, el mur­mu­llo de un públi­co con­cre­to, el eco de una ciu­dad que cam­bia de moda, de pre­cios y de barrios, pero man­tie­ne viva la cos­tum­bre de jun­tar­se a escu­char músi­ca fuer­te. En tér­mi­nos de patri­mo­nio sono­ro, la colec­ción de Jacobs se suma a una lar­ga his­to­ria que va des­de los cilin­dros de fonó­gra­fo de fina­les del siglo XIX has­ta los archi­vos digi­ta­les actua­les, don­de la obse­sión de un solo indi­vi­duo pue­de aca­bar com­par­ti­da con millo­nes de per­so­nas.

Internet Archive, que des­de hace años actúa como una memo­ria exter­na de la huma­ni­dad guar­dan­do pági­nas web, libros, pelí­cu­las y gra­ba­cio­nes, refuer­za así su papel como refu­gio para mate­ria­les que nun­ca habrían enca­ja­do en los cir­cui­tos comer­cia­les tra­di­cio­na­les. No habla­mos de reedi­cio­nes de lujo ni de colec­cio­nes “remas­te­ri­za­das” con bri­llo clí­ni­co, sino de gra­ba­cio­nes que nacie­ron en los már­ge­nes, al bor­de de lo per­mi­ti­do, y que aho­ra se cele­bran como par­te de la his­to­ria de la músi­ca popu­lar. Para quie­nes aman des­cu­brir rare­zas, ver­sio­nes impro­vi­sa­das, pre­sen­ta­cio­nes tar­ta­mu­das y cam­bios de setlist de una noche para otra, el archi­vo de Jacobs es un par­que de atrac­cio­nes en el que cada click abre una puer­ta a un momen­to irre­pe­ti­ble. De ahí que la sen­sa­ción de muchos oyen­tes al entrar en esta colec­ción sea pare­ci­da a encon­trar una caja de cin­tas en el tras­te­ro de un ami­go, solo que mul­ti­pli­ca­da por diez mil y con acce­so glo­bal.

Cómo explorar el tesoro en Internet Archive

Acceder a estas gra­ba­cio­nes es tan sen­ci­llo como entrar en la sec­ción de músi­ca en direc­to de Internet Archive y bus­car el nom­bre de Aadam Jacobs, de la ban­da o inclu­so del local don­de sos­pe­chas que pudo gra­bar algo aque­lla noche leja­na que toda­vía recuer­das a medias. Las actua­cio­nes se pre­sen­tan con infor­ma­ción bási­ca: fecha, ciu­dad, sala, lis­ta de temas y, cuan­do es posi­ble, deta­lles sobre la fuen­te de audio y el tipo de equi­po uti­li­za­do, lo que ayu­da a orien­tar­se si bus­cas una escu­cha más lim­pia o pre­fie­res el encan­to un poco sucio del cas­set­te. La pla­ta­for­ma per­mi­te repro­du­cir los con­cier­tos direc­ta­men­te des­de el nave­ga­dor, des­car­gar­los en dis­tin­tos for­ma­tos y has­ta incrus­tar­los en otras webs, lo que faci­li­ta que colec­cio­nis­tas, perio­dis­tas cul­tu­ra­les o sim­ples curio­sos com­par­tan sus hallaz­gos con ami­gos y comu­ni­da­des onli­ne.

Si te intere­sa la his­to­ria de una ban­da con­cre­ta, pue­des seguir una espe­cie de línea tem­po­ral no ofi­cial, sal­tan­do entre con­cier­tos que abar­can dis­tin­tas épo­cas, for­ma­cio­nes y giras, algo que rara vez se ve en catá­lo­gos ofi­cia­les. Y si lo que quie­res es dejar­te sor­pren­der, bas­ta con ele­gir al azar una fecha de los años 80 o 90, dar­le al play y acep­tar que, a veces, la magia apa­re­ce cuan­do una can­ción empie­za un poco des­afi­na­da y el públi­co tar­da tres segun­dos en reco­no­cer­la. Esta for­ma de escu­cha tam­bién invi­ta a una nos­tal­gia dife­ren­te: no tan­to por un gru­po en con­cre­to, sino por la expe­rien­cia en sí de estar en una sala peque­ña, sudan­do, sin cáma­ras de móvil levan­ta­das, con el soni­do rebo­tan­do en pare­des que hoy qui­zá ya ni exis­ten. Al final, más que un archi­vo muer­to, lo que tene­mos es un esce­na­rio vir­tual que se abre cada vez que alguien le da al play, com­ple­tan­do el círcu­lo entre quien gra­bó, quien tocó y quien escu­cha déca­das des­pués.