«Buenas noticias» que salvan el día

Abrir cual­quier por­tal de actua­li­dad pue­de pare­cer un depor­te de ries­go emo­cio­nal, sin embar­go, deba­jo del rui­do siguen pasan­do cosas bue­nas que casi nun­ca lle­gan a por­ta­da y cam­bian poco a poco la for­ma en que vivi­mos para mejor. En los últi­mos años han empe­za­do a sur­gir espa­cios dedi­ca­dos a reco­pi­lar avan­ces dis­cre­tos, datos espe­ran­za­do­res y peque­ñas his­to­rias de pro­gre­so humano que reequi­li­bran un poco esa sen­sa­ción de catás­tro­fe per­ma­nen­te que todos arras­tra­mos de fon­do. No se tra­ta de negar los pro­ble­mas ni de dar un bar­niz naíf al mun­do, sino de aña­dir con­tex­to y recor­dar que, inclu­so en tiem­pos duros, hay indi­ca­do­res que apun­tan en la direc­ción con­tra­ria a lo que gri­ta el dooms­cro­lling dia­rio. Tal vez por eso news­let­ters como «Correo sí desea­do» en España o sec­cio­nes espe­cí­fi­cas de bue­nas noti­cias en cana­les públi­cos han ido ganan­do lec­to­res fie­les que nece­si­tan un res­pi­ro sin dejar de estar infor­ma­dos de lo que ocu­rre ahí fue­ra.

Este cam­bio de enfo­que tie­ne tam­bién mucho que ver con nues­tra salud men­tal colec­ti­va, por­que con­su­mir solo malas noti­cias afec­ta a cómo per­ci­bi­mos el futu­ro y nues­tras pro­pias capa­ci­da­des para influir en él, algo que ya seña­la­ron hace años inves­ti­ga­do­res y divul­ga­do­res como Hans Rosling y, des­pués, pro­yec­tos de perio­dis­mo cons­truc­ti­vo que inten­tan con­tar pro­ble­mas, pero tam­bién solu­cio­nes reales. Además, pla­ta­for­mas cen­tra­das en his­to­rias posi­ti­vas, como La Info Positiva en el ámbi­to fran­có­fono o ini­cia­ti­vas simi­la­res en Europa y América Latina, demues­tran que hay una audien­cia amplia dis­pues­ta a com­par­tir con­te­ni­dos que, sin caer en el azú­car glas, apun­tan a un mun­do un poqui­to menos roto de lo que creía­mos al cerrar la pes­ta­ña del nave­ga­dor.

Listas de buenas noticias: el ritual optimista del año

Una de las seña­les más cla­ras de esta nue­va narra­ti­va es el éxi­to de las lis­tas anua­les de bue­nas noti­cias que algu­nos medios gene­ra­lis­tas publi­can ya como una tra­di­ción de fin de año para des­pe­dir el cur­so con algo de espe­ran­za bien argu­men­ta­da. En España, por ejem­plo, se ha con­so­li­da­do un bole­tín que reco­pi­la dece­nas de datos posi­ti­vos bajo el lema «El mun­do no empeo­ra, mejo­ra», con indi­ca­do­res cla­ros como el aumen­to glo­bal de la espe­ran­za de vida, la reduc­ción de la pobre­za extre­ma o la caí­da de la mor­ta­li­dad infan­til res­pec­to a prin­ci­pios de siglo. Cuando se agru­pan estas cifras y se com­pa­ran con nues­tra memo­ria recien­te, lo que apa­re­ce no es un paraí­so, sino una cur­va len­ta y tozu­da hacia con­di­cio­nes de vida algo más dig­nas para millo­nes de per­so­nas que antes se que­da­ban fue­ra de cual­quier esta­dís­ti­ca ama­ble.

Además de estos resú­me­nes macro, se han mul­ti­pli­ca­do los reco­pi­la­to­rios de bue­nas noti­cias medioam­bien­ta­les del año, que des­ta­can hitos como el récord de ener­gías reno­va­bles superan­do al car­bón, nue­vas áreas mari­nas pro­te­gi­das o la recu­pe­ra­ción de espe­cies emble­má­ti­cas que estu­vie­ron al bor­de de la des­apa­ri­ción. CNN en Español, la BBC o inclu­so medios más peque­ños han dedi­ca­do repor­ta­jes espe­cia­les a expli­car por qué 2025 fue, a pesar de todo, un año con noti­cias muy posi­ti­vas para la natu­ra­le­za y la sos­te­ni­bi­li­dad, des­de tra­ta­dos inter­na­cio­na­les para pro­te­ger la bio­di­ver­si­dad en alta­mar has­ta avan­ces lega­les que fomen­tan un con­su­mo más res­pon­sa­ble. Leyendo estas lis­tas se sien­te casi raro eso de son­reír fren­te a una pan­ta­lla de infor­ma­ción, pero jus­to ahí está la gra­cia, por­que trans­for­man un ritual de cie­rre de año que antes era puro dra­ma en un peque­ño ejer­ci­cio colec­ti­vo de memo­ria selec­ti­va a favor de la espe­ran­za.

Tecnología y medio ambiente: cuando el progreso sí suma

Otra fuen­te cons­tan­te de bue­nas noti­cias vie­ne del cru­ce entre tec­no­lo­gía y medio ambien­te, un terreno don­de sole­mos escu­char solo his­to­rias de daños cola­te­ra­les, pero que tam­bién está gene­ran­do solu­cio­nes muy poten­tes para la pró­xi­ma déca­da. Las lla­ma­das tec­no­lo­gías ver­des se han con­ver­ti­do en una pie­za cla­ve con­tra el cam­bio cli­má­ti­co, con reno­va­bles como la solar y la eóli­ca cre­cien­do a tal rit­mo que ya supe­ran al car­bón como prin­ci­pal fuen­te de elec­tri­ci­dad en el mun­do, algo que pare­cía cien­cia fic­ción hace ape­nas unos años. Países que antes se veían como par­te del pro­ble­ma, como China, enca­be­zan aho­ra la ins­ta­la­ción de capa­ci­dad reno­va­ble y expor­tan tec­no­lo­gías lim­pias a gran esca­la, apro­ve­chan­do inclu­so tor­men­tas extre­mas con par­ques eóli­cos pre­pa­ra­dos para resis­tir tifo­nes sin rom­per­se a la pri­me­ra ráfa­ga.

Más allá de los kilo­va­tios, la inno­va­ción se cue­la tam­bién en la pro­tec­ción con­cre­ta de eco­sis­te­mas con herra­mien­tas como dro­nes que vigi­lan zonas de difí­cil acce­so para detec­tar talas ile­ga­les o caza fur­ti­va, o sis­te­mas de inte­li­gen­cia arti­fi­cial capa­ces de ana­li­zar imá­ge­nes sate­li­ta­les para iden­ti­fi­car cam­bios en bos­ques, cos­tas o cali­dad del agua en tiem­po casi real. Estas solu­cio­nes no son vari­tas mági­cas, por supues­to, pero mues­tran que el mis­mo inge­nio tec­no­ló­gi­co que com­pli­có algu­nos pro­ble­mas pue­de ser­vir para repa­rar­los si se emplea con éti­ca y res­pon­sa­bi­li­dad, algo que seña­lan empre­sas y orga­ni­za­cio­nes que tra­ba­jan ya con esta lógi­ca rege­ne­ra­ti­va. A la vez, infor­mes recien­tes recuer­dan que la recu­pe­ra­ción de la capa de ozono avan­za, que hay más super­vi­vien­tes de cán­cer que nun­ca y que inclu­so se expe­ri­men­ta con sema­nas labo­ra­les de cua­tro días, seña­les de que el pro­gre­so no se redu­ce solo a gad­gets y pan­ta­llas, sino a cam­bios estruc­tu­ra­les en cómo cui­da­mos la vida y el tiem­po.

El auge del periodismo positivo y constructivo

El giro opti­mis­ta no vie­ne solo de ini­cia­ti­vas ais­la­das, sino de una corrien­te más amplia de perio­dis­mo cons­truc­ti­vo que inten­ta res­pon­der a una pre­gun­ta incó­mo­da, ¿sir­ve de algo infor­mar­se si solo nos deja ago­ta­dos y sin ganas de hacer nada? Estudios cita­dos por medios espe­cia­li­za­dos apun­tan a que la nega­ti­vi­dad cons­tan­te con­tri­bu­ye a la impo­ten­cia ciu­da­da­na y a que un núme­ro cre­cien­te de per­so­nas deje direc­ta­men­te de con­su­mir noti­cias por­que sien­te que nada mejo­ra nun­ca, un pro­ble­ma que preo­cu­pa inclu­so den­tro de las redac­cio­nes. Ante ese esce­na­rio, pro­yec­tos como Noticias Positivas o sec­cio­nes como «Buenas noti­cias de la sema­na» en radios y tele­vi­sio­nes públi­cas apues­tan por his­to­rias que apor­tan solu­cio­nes y ejem­plos de resi­lien­cia, sin renun­ciar a la crí­ti­ca pero evi­tan­do el mor­bo y la tra­ge­dia como úni­ca for­ma de cap­tar aten­ción.

En Francia, Le Média posi­tif y su ver­sión en espa­ñol han demos­tra­do que se pue­de cons­truir una comu­ni­dad enor­me alre­de­dor de con­te­ni­dos que ins­pi­ran, acu­mu­lan­do millo­nes de segui­do­res en redes a base de rela­tos que hablan de coope­ra­ción, cien­cia útil y cam­bios socia­les tan­gi­bles. En el eco­sis­te­ma más tra­di­cio­nal, bole­ti­nes como «Fil Good» de Le Monde o los envíos de bue­nas noti­cias de El País han encon­tra­do su hue­co en ban­de­jas de entra­da satu­ra­das, pre­ci­sa­men­te por­que no com­pi­ten en rui­do sino en cal­ma, con­tex­to y peque­ñas razo­nes para seguir par­ti­ci­pan­do en la con­ver­sa­ción públi­ca sin per­der del todo la fe. Todo esto con­vi­ve con el perio­dis­mo de inves­ti­ga­ción y las aler­tas nece­sa­rias, cla­ro, pero abre un canal para­le­lo don­de el lec­tor no sale con la sen­sa­ción de que el mun­do arde sin reme­dio, sino con la idea de que qui­zá que­da algo por hacer y que otras per­so­nas ya están movien­do ficha en esa direc­ción.

Cómo entrenar tu radar para buenas noticias

Ante esta ava­lan­cha de his­to­rias com­pli­ca­das, entre­nar un peque­ño radar per­so­nal para detec­tar bue­nas noti­cias pue­de con­ver­tir­se en un acto coti­diano de resis­ten­cia y cui­da­do pro­pio, tan sim­ple como sus­cri­bir­se a un bole­tín opti­mis­ta o dedi­car unos minu­tos a por­ta­les espe­cia­li­za­dos en infor­ma­ción rege­ne­ra­do­ra. También ayu­da seguir cuen­tas que com­par­tan avan­ces cien­tí­fi­cos, pro­yec­tos socia­les ins­pi­ra­do­res o logros medioam­bien­ta­les, recor­dan­do siem­pre que el obje­ti­vo no es esca­par de la reali­dad, sino equi­li­brar­la con datos y ejem­plos que con­fir­men que el esfuer­zo de mucha gen­te tie­ne resul­ta­dos visi­bles, aun­que no se con­vier­tan en tren­ding topic. Incluso crear tu pro­pio archi­vo de bue­nas noti­cias, guar­dan­do enla­ces, recor­tes digi­ta­les o cap­tu­ras de pan­ta­lla, pue­de ser­vir como antí­do­to case­ro para esos días en los que el algo­rit­mo insis­te en que todo se des­mo­ro­na, por­que te recuer­da que, a la vez, se fir­ma­ron tra­ta­dos, se recu­pe­ra­ron espe­cies y se apro­ba­ron polí­ti­cas que hace nada pare­cían impo­si­bles.

Al final, con­su­mir bue­nas noti­cias no te con­vier­te en una per­so­na inge­nua, sino en alguien que deci­de ver el cua­dro com­ple­to, inclu­yen­do esas pin­ce­la­das lumi­no­sas que se pin­tan en voz baja mien­tras la con­ver­sa­ción se obse­sio­na con el desas­tre más recien­te. Si cada cual empie­za a recla­mar tam­bién este tipo de con­te­ni­dos, apo­yan­do medios que los pro­du­cen y com­par­tién­do­los con la mis­ma pasión con la que cir­cu­lan los escán­da­los, qui­zá con­si­ga­mos que el equi­li­brio infor­ma­ti­vo cam­bie un poco y que el pesi­mis­mo deje de ser la úni­ca pos­tu­ra social­men­te acep­ta­da cuan­do habla­mos del mun­do en gene­ral. Y quién sabe, tal vez den­tro de unos años eso de revi­sar un resu­men de bue­nas noti­cias se vuel­va tan nor­mal como mirar la pre­vi­sión del tiem­po antes de salir de casa, solo que en este caso la pre­vi­sión se mide en espe­ran­za acu­mu­la­da, no en gra­dos cen­tí­gra­dos.