Brian Cox: rock, cosmos y asombro

Un físico que empezó en los escenarios

Brian Edward Cox nació en 1968 en Oldham, en la región de Gran Mánchester, en una fami­lia de cla­se media don­de el tra­ba­jo de ofi­ci­na con­vi­vía con las his­to­rias de las fábri­cas tex­ti­les de la zona. De ado­les­cen­te se engan­chó tan­to a la músi­ca como a la cien­cia, pero la pri­me­ra fue ganan­do terreno y aca­bó tocan­do los tecla­dos en la ban­da Dare, con la que giró y abrió con­cier­tos para nom­bres legen­da­rios del rock, algo que cual­quier cha­val habría fir­ma­do sin pen­sár­se­lo dema­sia­do.

A prin­ci­pios de los noven­ta se unió a D:Ream, gru­po de pop que lle­gó a lo más alto de las lis­tas bri­tá­ni­cas con «Things Can Only Get Better», un tema que inclu­so fue recu­pe­ra­do como himno polí­ti­co, mien­tras él seguía sin­tien­do que su ver­da­de­ra voca­ción esta­ba en mirar hacia las estre­llas y las ecua­cio­nes, no solo hacia los focos del esce­na­rio.​

Según ha con­ta­do en entre­vis­tas, una dis­cu­sión de bar duran­te una gira fue el empu­jón defi­ni­ti­vo para matri­cu­lar­se en Física en la Universidad de Mánchester, a los vein­ti­trés años, una edad algo tar­día para empe­zar ese camino aca­dé­mi­co pero per­fec­ta para alguien que ya había vivi­do una vida para­le­la en el mun­do de la músi­ca. Tras la carre­ra lle­gó el doc­to­ra­do en físi­ca de par­tí­cu­las, pri­me­ro tra­ba­jan­do en el ace­le­ra­dor HERA en Hamburgo y más tar­de incor­po­rán­do­se al expe­ri­men­to ATLAS del Gran Colisionador de Hadrones en el CERN, don­de se inves­ti­gan coli­sio­nes a ener­gías bru­ta­les para enten­der la estruc­tu­ra ínti­ma de la mate­ria y poner a prue­ba el mode­lo están­dar.

Ese trán­si­to de “estre­lla” del pop a cien­tí­fi­co de gran ins­ta­la­ción no es solo una anéc­do­ta curio­sa, tam­bién expli­ca par­te de su esti­lo: com­bi­na la dis­ci­pli­na rigu­ro­sa del labo­ra­to­rio con una intui­ción casi escé­ni­ca sobre cómo con­tar his­to­rias que engan­chen a quie­nes nun­ca pisa­rán un ace­le­ra­dor de par­tí­cu­las.​​

El rostro televisivo del universo

El gran sal­to de Brian Cox a la popu­la­ri­dad glo­bal se pro­du­jo de la mano de la BBC, cuan­do comen­zó a pre­sen­tar docu­men­ta­les cien­tí­fi­cos en los que reco­rría pai­sa­jes extre­mos del pla­ne­ta mien­tras habla­ba de fenó­me­nos cós­mi­cos que, a pri­me­ra vis­ta, pare­cían muy leja­nos a la vida dia­ria. Series como «Wonders of the Solar System», «Wonders of the Universe» o «Wonders of Life» lo mos­tra­ron cami­nan­do por desier­tos, gla­cia­res o rui­nas anti­guas mien­tras uti­li­za­ba esos esce­na­rios como ana­lo­gías visua­les para expli­car la entro­pía, la evo­lu­ción este­lar o la his­to­ria de la vida en la Tierra, con un tono entu­sias­ta que se ale­ja­ba del pro­fe­sor abu­rri­do de manual.

El resul­ta­do fue una com­bi­na­ción muy poten­te de imá­ge­nes espec­ta­cu­la­res, músi­ca envol­ven­te y narra­ción casi poé­ti­ca que, sin dejar de lado los datos, invi­ta­ba al espec­ta­dor a sen­tir el vér­ti­go del tiem­po pro­fun­do y la inmen­si­dad del cos­mos, más allá del titu­lar cien­tí­fi­co de moda.​​

Con el tiem­po, Cox amplió su pre­sen­cia mediá­ti­ca par­ti­ci­pan­do en pro­gra­mas de entre­vis­tas, espe­cia­les en direc­to y giras escé­ni­cas en las que pre­sen­ta espec­tácu­los de cien­cia ante miles de per­so­nas en recin­tos habi­tual­men­te reser­va­dos para estre­llas del depor­te o gran­des con­cier­tos. En estos even­tos mez­cla grá­fi­cos, ani­ma­cio­nes, his­to­rias per­so­na­les y refle­xio­nes filo­só­fi­cas lige­ras sobre el lugar de la huma­ni­dad en el uni­ver­so, apro­ve­chan­do la expe­rien­cia acu­mu­la­da en los esce­na­rios de su eta­pa musi­cal para man­te­ner la aten­ción del públi­co duran­te horas sin con­ver­tir la físi­ca en un monó­lo­go ári­do.

El New York Times ha sub­ra­ya­do cómo sus giras recien­tes, como la titu­la­da «Emergence», ago­tan entra­das en ciu­da­des de varios con­ti­nen­tes, demos­tran­do que, si se cuen­ta bien, la cien­cia pue­de com­pe­tir en atrac­ti­vo con cual­quier gran espec­tácu­lo con­tem­po­rá­neo.​​

El efecto Brian Cox y la nueva imagen de la física

El tér­mino “efec­to Brian Cox” se popu­la­ri­zó en medios y blogs de divul­ga­ción para des­cri­bir el aumen­to de visi­bi­li­dad y atrac­ti­vo de la físi­ca en el Reino Unido coin­ci­dien­do con la emi­sión de sus docu­men­ta­les y el pro­ta­go­nis­mo mediá­ti­co del LHC. Artículos como el de Arturo Quirantes en Naukas seña­lan que, en los años pos­te­rio­res a sus pri­me­ras series, las matri­cu­la­cio­nes en asig­na­tu­ras avan­za­das de físi­ca y mate­má­ti­cas cre­cie­ron de for­ma nota­ble, en un con­tex­to eco­nó­mi­co com­pli­ca­do y con tasas uni­ver­si­ta­rias al alza, lo que sugie­re que algo esta­ba cam­bian­do en la per­cep­ción social de estas dis­ci­pli­nas.

Aunque sería injus­to atri­buir todo ese cam­bio a una sola per­so­na, Cox se ha con­ver­ti­do en una refe­ren­cia “cool” de la cien­cia, com­pa­ra­do inclu­so con figu­ras depor­ti­vas por su capa­ci­dad de arras­trar a jóve­nes hacia carre­ras cien­tí­fi­cas que antes se per­ci­bían como dema­sia­do ári­das o eli­tis­tas.​

Una de las cla­ves de ese efec­to está en la mane­ra en que se pre­sen­ta: lejos del tópi­co del cien­tí­fi­co ence­rra­do en un des­pa­cho, apa­re­ce como alguien que via­ja, hace giras, lle­na tea­tros y habla de agu­je­ros negros con natu­ra­li­dad, sin renun­ciar a la com­ple­ji­dad pero evi­tan­do el tec­ni­cis­mo inne­ce­sa­rio. En sus pro­gra­mas y char­las, insis­te en que la cien­cia es una acti­vi­dad pro­fun­da­men­te huma­na, impul­sa­da por la curio­si­dad y el deseo de com­pren­der, no solo por la uti­li­dad inme­dia­ta o la bús­que­da de apli­ca­cio­nes tec­no­ló­gi­cas.

Esa visión conec­ta muy bien con una gene­ra­ción que bus­ca expe­rien­cias sig­ni­fi­ca­ti­vas y narra­ti­vas amplias, y que encuen­tra en la cos­mo­lo­gía y la físi­ca de par­tí­cu­las un mar­co para pen­sar el lugar de la vida en un uni­ver­so inmen­so, a veces indi­fe­ren­te y, sin embar­go, lleno de posi­bi­li­da­des toda­vía por explo­rar.​​

Libros, ideas y un optimismo cósmico

Además de su tra­ba­jo en tele­vi­sión y en el CERN, Brian Cox ha coes­cri­to con Jeff Forshaw varios libros de divul­ga­ción que inten­tan lle­var al papel la mis­ma mez­cla de cla­ri­dad y entu­sias­mo que se ve en pan­ta­lla, aun­que aquí las imá­ge­nes son sus­ti­tui­das por metá­fo­ras y dia­gra­mas cui­da­do­sa­men­te esco­gi­dos. En obras como «Why Does E=mc²?» o «The Quantum Universe» expli­can des­de la rela­ti­vi­dad espe­cial has­ta la mecá­ni­ca cuán­ti­ca, defen­dien­do que estas teo­rías no son solo herra­mien­tas mate­má­ti­cas, sino ven­ta­nas para com­pren­der por qué exis­te algo en lugar de nada y cómo emer­ge la com­ple­ji­dad a par­tir de leyes sim­ples. Estos libros insis­ten en la idea de que cual­quie­ra con pacien­cia y curio­si­dad pue­de seguir los argu­men­tos, inclu­so si sus recuer­dos de las cla­ses de mate­má­ti­cas del ins­ti­tu­to no son pre­ci­sa­men­te glo­rio­sos, un men­sa­je que ha ani­ma­do a muchos lec­to­res a recon­ci­liar­se con la cien­cia des­pués de años de dis­tan­cia.​

Su dis­cur­so públi­co sue­le estar teñi­do de un opti­mis­mo mode­ra­do: reco­no­ce los ries­gos glo­ba­les, des­de la cri­sis cli­má­ti­ca has­ta las ten­sio­nes geo­po­lí­ti­cas, pero defien­de que la coope­ra­ción cien­tí­fi­ca inter­na­cio­nal y la explo­ra­ción del sis­te­ma solar pue­den ser vías para que la huma­ni­dad encuen­tre pro­yec­tos com­par­ti­dos más allá de los con­flic­tos inme­dia­tos. En entre­vis­tas recien­tes ha seña­la­do que la espe­cie huma­na debe­ría aspi­rar a con­ver­tir­se en una civi­li­za­ción capaz de mover­se por el sis­te­ma solar, no tan­to como esca­pa­to­ria, sino como for­ma de ampliar hori­zon­tes y redu­cir la vul­ne­ra­bi­li­dad ante catás­tro­fes loca­les, un men­sa­je que enla­za con la tra­di­ción de la cien­cia fic­ción más huma­nis­ta. En para­le­lo, su nom­bra­mien­to como defen­sor de la Oficina de Asuntos del Espacio Ultraterrestre de Naciones Unidas refuer­za esa idea de que el espa­cio y la cien­cia no son solo asun­tos de espe­cia­lis­tas, sino temas polí­ti­cos y cul­tu­ra­les que afec­tan a toda la socie­dad.


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