Lo que aprendimos esperando

Cuando esperar era una parte normal del día

En 1995 toda­vía era posi­ble pasar varios días sin saber nada de alguien. Una lla­ma­da de lar­ga dis­tan­cia podía reser­var­se para el domin­go por­que era cara, una car­ta nece­si­ta­ba su pro­pio calen­da­rio y encon­trar un dis­co con­cre­to depen­día de que lle­ga­ra a una tien­da cer­ca­na o de cono­cer a alguien que pudie­ra con­se­guir­lo. Heather Abel recuer­da ese mun­do en un ensa­yo recien­te para Oldster Magazine. Vivía enton­ces en una peque­ña loca­li­dad del oes­te de Estados Unidos y cuen­ta cómo espe­ra­ba lla­ma­das, músi­ca, via­jes y noti­cias con una natu­ra­li­dad que hoy le resul­ta casi extra­ña. No pre­sen­ta aque­llos años como un paraí­so ana­ló­gi­co. También había ais­la­mien­to, abu­rri­mien­to y una bue­na can­ti­dad de frus­tra­ción. Lo intere­san­te es otra cosa: espe­rar for­ma­ba par­te de la expe­rien­cia.

Quienes cre­cie­ron antes de la cone­xión per­ma­nen­te reco­no­ce­rán el meca­nis­mo. Había que espe­rar a que reve­la­ran un carre­te, a que una serie emi­tie­ra el siguien­te epi­so­dio, a que sona­ra una can­ción en la radio o a que lle­ga­ra una revis­ta al quios­co. Incluso Internet tuvo su eta­pa de pacien­cia obli­ga­to­ria: conec­tar­se sig­ni­fi­ca­ba escu­char un módem, ocu­par la línea tele­fó­ni­ca y ver apa­re­cer una pági­na por par­tes. Muchas de esas espe­ras eran incó­mo­das y nadie nece­si­ta recu­pe­rar­las por nos­tal­gia. Pero deja­ban un espa­cio entre que­rer algo y obte­ner­lo. Ese inter­va­lo, que pare­cía sim­ple­men­te tiem­po per­di­do, hacía algu­nas cosas curio­sas con nues­tras expec­ta­ti­vas.

No toda espera es igual

La psi­co­lo­gía lle­va déca­das estu­dian­do cómo cam­bia el valor de una recom­pen­sa cuan­do se retra­sa. En gene­ral, pre­fe­ri­mos reci­bir antes aque­llo que desea­mos, un fenó­meno cono­ci­do como des­cuen­to tem­po­ral. Y cuan­do la espe­ra es real, no solo ima­gi­na­da, el cos­te se nota más. Un estu­dio de 2020 com­pro­bó que las per­so­nas des­con­ta­ban con mayor inten­si­dad el valor de una recom­pen­sa cuan­do tenían que per­ma­ne­cer espe­ran­do de ver­dad. En 2026, otro expe­ri­men­to fue toda­vía más lite­ral: 380 par­ti­ci­pan­tes pudie­ron pagar para redu­cir perio­dos de inac­ti­vi­dad de 15, 30 o 60 minu­tos, sin móvil, lec­tu­ra ni con­ver­sa­ción. En pro­me­dio esta­ban dis­pues­tos a gas­tar dine­ro por recor­tar par­te de ese tiem­po. Esperar por­que sí no tie­ne dema­sia­do encan­to.

Sin embar­go, la anti­ci­pa­ción pue­de ser agra­da­ble cuan­do el obje­to de la espe­ra mere­ce la pena. Amit Kumar, Matthew Killingsworth y Thomas Gilovich estu­dia­ron esta dife­ren­cia en cua­tro tra­ba­jos publi­ca­dos en 2014. Encontraron que espe­rar una expe­rien­cia —un via­je, una cena, un con­cier­to— ten­día a gene­rar más ilu­sión y menos impa­cien­cia que espe­rar una pose­sión mate­rial. Es decir, una par­te del dis­fru­te podía empe­zar antes de que suce­die­ra el plan. La espe­ra no era un pea­je aña­di­do al pla­cer: en cier­tos casos for­ma­ba par­te de él.

Eso ayu­da a expli­car por qué reser­var unas vaca­cio­nes con ante­la­ción pue­de resul­tar entre­te­ni­do duran­te sema­nas, mien­tras que seguir el repar­to de un paque­te que lle­va horas inmó­vil en un alma­cén pare­ce un aten­ta­do per­so­nal. No hemos per­di­do la capa­ci­dad de espe­rar. Seguimos hacién­do­lo cuan­do el futu­ro ofre­ce algo que pode­mos ima­gi­nar, pre­pa­rar o com­par­tir. Lo que ha cam­bia­do es nues­tra tole­ran­cia a los inter­va­los vacíos.

El móvil ocupó los tiempos muertos

El telé­fono inte­li­gen­te resol­vió muchos de esos inter­va­los con una efi­ca­cia difí­cil de dis­cu­tir. Una cola de cin­co minu­tos ya per­mi­te con­tes­tar men­sa­jes, mirar el tiem­po, leer titu­la­res, revi­sar un mapa o ver un vídeo. El auto­bús tar­da y apa­re­ce una pan­ta­lla. Alguien lle­ga tar­de y apa­re­ce otra vez. Tenemos una herra­mien­ta mag­ní­fi­ca para evi­tar el abu­rri­mien­to, pero tam­bién hemos con­ver­ti­do en opcio­nal una expe­rien­cia que antes era casi inevi­ta­ble: estar unos minu­tos sin que ocu­rra nada.

Eso no sig­ni­fi­ca que mirar el móvil duran­te una espe­ra sea per­ju­di­cial por defi­ni­ción. La inves­ti­ga­ción es bas­tan­te menos dra­má­ti­ca. Un expe­ri­men­to de 2019 sen­tó a pare­jas de des­co­no­ci­dos en una sala de espe­ra, con o sin sus telé­fo­nos. Quienes tenían el móvil dis­po­ni­ble son­rie­ron menos entre ellos, inclui­das las lla­ma­das son­ri­sas de Duchenne, aso­cia­das a una expre­sión genui­na de ale­gría. Otro estu­dio, rea­li­za­do en un res­tau­ran­te con más de 300 par­ti­ci­pan­tes, encon­tró que tener los telé­fo­nos pre­sen­tes aumen­ta­ba la dis­trac­ción y redu­cía algo el dis­fru­te de la con­ver­sa­ción. Son efec­tos con­cre­tos, no una sen­ten­cia con­tra la tec­no­lo­gía.

También con­vie­ne recor­dar que no somos espe­cial­men­te bue­nos que­dán­do­nos a solas con nues­tros pen­sa­mien­tos. En una cono­ci­da serie de expe­ri­men­tos publi­ca­da en Science en 2014, muchos par­ti­ci­pan­tes encon­tra­ron poco agra­da­ble per­ma­ne­cer entre seis y quin­ce minu­tos sin nin­gu­na acti­vi­dad exter­na. El resul­ta­do más lla­ma­ti­vo fue que algu­nos pre­fi­rie­ron apli­car­se peque­ñas des­car­gas eléc­tri­cas antes que seguir sin hacer nada. La inter­pre­ta­ción de esos resul­ta­dos fue dis­cu­ti­da des­pués por otros inves­ti­ga­do­res, pero que­dó una idea bas­tan­te razo­na­ble: el tiem­po vacío no se con­vier­te auto­má­ti­ca­men­te en sere­ni­dad.

Recuperar un poco de margen

Por eso qui­zá la cues­tión no sea apren­der otra vez a espe­rar como en 1995. Sería absur­do renun­ciar a mapas ins­tan­tá­neos, men­sa­je­ría, músi­ca a deman­da o video­lla­ma­das solo para recu­pe­rar el sus­pen­se de no saber dón­de está nadie. La par­te intere­san­te con­sis­te en deci­dir qué espe­ras que­re­mos eli­mi­nar y cuá­les pue­de mere­cer la pena dejar tran­qui­las.

Hay peque­ñas oca­sio­nes fáci­les de pro­bar. Esperar el café sin sacar el telé­fono. Llegar cin­co minu­tos antes a una cita y mirar alre­de­dor. No con­sul­tar diez veces el segui­mien­to de un paque­te que lle­ga­rá cuan­do ten­ga que lle­gar. Comprar entra­das para algo que ocu­rri­rá den­tro de dos meses y per­mi­tir que el plan crez­ca un poco en la cabe­za. Son ges­tos modes­tos. No entre­nan una supues­ta supe­rio­ri­dad ana­ló­gi­ca ni requie­ren con­ver­tir la pacien­cia en una dis­ci­pli­na. Simplemente devuel­ven a cier­tos momen­tos su dura­ción real.

También recu­pe­ran algo que las pan­ta­llas pue­den des­pla­zar sin que nos demos cuen­ta: la posi­bi­li­dad de que pase una cosa no pre­vis­ta. Una con­ver­sa­ción míni­ma, una obser­va­ción absur­da, una idea que apa­re­ce por­que no está­ba­mos ocu­pa­dos res­pon­dien­do a otra. El estu­dio de la sala de espe­ra no demues­tra que todos deba­mos hablar con des­co­no­ci­dos. Solo recuer­da que, cuan­do exis­te un hue­co, a veces ocu­rre algo den­tro de él.

Tal vez eso sea lo que resul­ta más intere­san­te del rela­to de Abel. Sus recuer­dos no son bue­nos por­que tuvie­ra que espe­rar, sino por­que algu­nas cosas adqui­rían for­ma duran­te la espe­ra. La músi­ca que tar­da­ba meses en lle­gar, una car­ta que podía no apa­re­cer o un via­je que empe­za­ba mucho antes de subir­se al coche ocu­pa­ban un espa­cio men­tal pro­pio. Ahora sabe­mos hacer des­apa­re­cer muchos de esos inter­va­los. También pode­mos ele­gir con­ser­var alguno.

56 Kbps y el ruido de la paciencia

En Singular Shirts apa­re­ce actual­men­te una cami­se­ta lla­ma­da 56Kbps, dedi­ca­da a la épo­ca de los módems y las cone­xio­nes tele­fó­ni­cas. Encaja con este tema por una razón bas­tan­te sen­ci­lla: pocas tec­no­lo­gías recien­tes hicie­ron tan audi­ble la espe­ra. Antes de entrar en Internet había que escu­char una nego­cia­ción elec­tró­ni­ca de chi­rri­dos y tonos; des­pués toca­ba con­fiar en que la pági­na ter­mi­na­ra de car­gar.

No hace fal­ta echar de menos aque­llo. Una cone­xión moder­na es obje­ti­va­men­te más cómo­da. Pero el vie­jo módem sir­ve como recor­da­to­rio sim­pá­ti­co de una épo­ca en la que «aho­ra mis­mo» podía sig­ni­fi­car den­tro de unos minu­tos. Y, duran­te esos minu­tos, no que­da­ba otra que espe­rar.